A qué niveles habremos llegado en destruir la Naturaleza, que están surgiendo iniciativas para salvarla un tanto singulares. Ya se puede adoptar un vegetal en vías de extinción. Cualquiera puede redimirse del general pecado ecológico, que tiene raíces en el pecado original que arrastramos desde el incidente de la manzana en el Paraíso. Un árbol compartió protagonismo excepcional con los primeros padres, fue primus inter pares con Adán y Eva y sale en primer plano en las escenas bíblicas del Principio. Un manzano estaba allí y su fruto formó parte esencial del primigenio conflicto originado por una pareja. Aquel matrimonio una vez expulsado del Edén se propuso ser feliz, visto que no podía plantearse el divorcio. El y ella, únicos y solos en el mundo, tuvieron hijos, pero no podrían aunque quisieran adoptar otros porque no había niños, que diría Chiquito de la Calzada. Hoy, adoptar un pequeño no es empeño fácil, lo tienen muy difícil en su caso los homosexuales, pero cabe la posibilidad sin embargo de adoptar una legumbre en vías de desaparición con todas las facilidades.
Salvar las especies de la flora en peligro es la noble causa, poner a las especies raras a punto de extinguirse al abrigo en un banco de conservación. Por 17,70 euros es posible participar durante un año en los trabajos al fresco en la vigilancia de las judías enanas o de un extraño tipo de nabo. Incluso se puede ser padre adoptivo de una rareza de col o berza expulsada de la huerta. Con certificado de adopción incluido. Salvando las distancias, un documento en toda regla como cuando se apadrina con papel y firma a una criatura del Tercer Mundo, al que se le sigue la trayectoria bienhechora del padrinazgo y cuya foto se expone en casa con orgullo. Al paso que vamos peligrarán los grelos, las acelgas y los cardos. Quizás el futuro depare una horrible disyuntiva: comer las escasas reservas de verduras frecuentes que queden sobre la tierra o adoptarlas para que perduren. Y conociendo la condición humana, aun adoptadas no estarían seguras, pues no parece que vayan a agotarse los Saturnos dispuestos a devorar las últimas plantas, es decir, a sus propios hijos.