El Correo Digital
Jueves, 12 de enero de 2006
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OPINIÓN
EDITORIAL
Órdago de Teherán
La decisión iraní de romper los sellos de su instalación nuclear de Natanz ha resultado un auténtico mazazo para la estrategia diplomática desplegada durante dos años y medio por la troika europea -Alemania, Francia y Reino Unido- y en parte por Estados Unidos, que había delegado la mayor carga de la gestión de la crisis a la UE. El sentimiento que invade a los negociadores, que se reúnen hoy, es claramente de pesimismo y decepción.

Pocos dudaban de que la reanudación del programa atómico se produciría a la vista de las fintas con las que Teherán llevaba meses dilatando el proceso negociador. Y más aún con la llegada a la jefatura del Estado del ultrarradical Mahmud Ahmadineyad, que no ha dejado de instrumentalizar con fines políticos y de exaltación nacionalista la crisis nuclear. Con todo, los actos de Ahmadineyad deben en todo momento ser insertados en la compleja situación geopolítica regional: Irán es un país chií, rodeado de Estados suníes o bajo control norteamericano y 'envuelto' en un entorno hostil y en el que las armas atómicas están ya presentes. Incluso conviene no descartar el hecho de que el furibundo presidente iraní, en el fondo no esté lanzando sino un órdago dirigido más a potenciar una estrategia interna de reafirmación que al enfrentamiento directo con la comunidad internacional. El sentido común dicta que Irán debería aceptar la proposición rusa de enriquecer en su país el uranio que necesita para uso civil, aunque parece que Teherán está más deseoso de que Israel ejecute un ataque militar a sus centros nucleares que de obtener sustanciosas contrapartidas energéticas. Es ahora cuando hay que tener la mente muy fría y no dar pasos irreversibles. Pero igualmente, y de persistir Irán en su cerrazón, deberá ser el Consejo de Seguridad de la ONU el que tome cartas en el asunto si se quiere evitar en la región una escalada de impredecibles consecuencias.



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