Lo que incomprensiblemente ha cabreado a quienes les enviaron es, en el fondo, el reconocimiento de la ternura. Los amigos de la muerte repartían en realidad abrazos por doquier entre niños y morisma. Hacían amigos. Un hecho insoportable de dividendos más que inciertos si atenemos a los excelentes resultados obtenidos por el virrey Bremer y el corto recorrido de su política de tierra quemada en Irak. Son desahogos en el portal de la jubilación, en los que bueno es que haya niños para echarles la culpa. Pero así son ellos. No entienden que alguien asista a la guerra desde la torreta de un tanque con el espíritu de un Séneca y, sin embargo, no tienen empacho en justificar la crueldad de Guantánamo, renacida al calor del cuarto aniversario, en línea con el amor que los americanos sienten por los números cabalísticos. Recuerden lo que lloraron por el soldados número 2.000 muerto en Irak y la losa de olvido que ha cubierto a los que han seguido cayendo en esa guerra insensata. Bremer se ha asomado al alma del soldado español y ha descubierto que, en el fondo, lo que le gustan son las cabalgatas, disfrazarse de rey mago y tirar caramelos a los niños. Más que la guerra.
Guantánamo amanecía ayer de nuevo como un caballo de Troya en la sociedad americana, en la que no todos han perdido la vergüenza como Bremer, un personaje, amigo de Bush, que tuvo que ser rápidamente sustituido por su ineptitud, de la que ahora culpa a la ternura. La alternativa ética parece sugerir que los internos en esa isla sin ley abandonen su exilio para dejar sitio a los 'bremeres' del mundo. A los que no entienden como Kierkegaard que «el supremo goce imaginario es ser amado por encima de todo».