A mayor competencia comercial, más facilidades para el cliente y, con ellas, más margen para la picaresca. La semana de los cambios por antonomasia tras la orgía derrochadora de Navidad ha reavivado las colas frente a los mostradores de las catedrales vitorianas del consumo. El objetivo, devolver un regalo o una compra que no está en perfecto estado, no convence o que sólo se pretendía estrenar y, tras usarla, lo que interesa es recuperar el dinero. Como lo leen.
¿El clásico de este último apartado? El atuendo para deslumbrar en un cotillón de Nochevieja. Y es que una vez lucido, ¿qué hacer el resto del año con un vestido escotado de lentejuelas cuando encima ya lo han visto decenas de personas? «Son casos contados, pero sí pasa que el día 2 ó 3 de enero alguien viene diciendo que ha cambiado de opinión o que no les sienta bien. Y resulta que la prenda está manchada de maquillaje, arrugada y huele a perfume. Se lo haces saber y algunos lo niegan indignados», explica el responsable de comunicación externa de unos grandes almacenes de la ciudad.
El descaro -a veces sazonado con despiste- llega, incluso, a tratar de cobrar el importe de un traje que se adquirió para una boda y que se devuelve con un puro en el bolsillo cuya vitola desvela los nombres de los contrayentes. O peor aún. En otro coloso local del consumo han atendido estos días a una mujer que a la pregunta «¿qué desea?» replicó como si tal cosa: «devolver el salón». Se lo colocaron antes de Navidad -a saber si recibía a a la familia política y quería epatarla- y, tras servir como escenario de estreno para las campanadas, ha cumplido su misión.
En ocasiones, los artículos que se usan y luego se pretenden descambiar van acompañados de pruebas de ADN. Inma, responsable de la tienda Bacomat de Coronación, no se cortó lo más mínimo en apuntar a los pelos adheridos a la cuchilla de una máquina de afeitar que un hombre pretendía devolver. «No sólo eso, sino que eran blancos, como los de su barba. Y aun así, se enfadó y dijo que no volvería más», relata.
Uno de los pasteleros con más renombre de la ciudad también se quedó de piedra cuando en su céntrico comercio apareció una mujer y una bandeja con el equivalente a una única ración de tarta. Pretendía que le indemnizaran, bien con otro dulce, bien con el importe, porque «estaba mala».
Disco de 0,99 céntimos
El anecdotario que acumulan los centros comerciales y las franquicias da para más casos de desfachatez o sangre fría, según se mire, que salpican todo el calendario anual. En una gran superficie de electrodomésticos emplazada en el barrio de Zaramaga han asistido estupefactos al monumental cabreo de un cliente, que incluso llegó a recurrir al Gobierno vasco, porque se negaron a entregarle los 0,99 céntimos de un disco que adquirió. «Se lo llevó a casa, le quitó el precinto, lo escuchó, no le gustó y volvió con él. Al final, para evitar problemas optamos por devolverle el euro», cuenta el encargado.
Los quince días de plazo para descambiar un artículo que a menudo ofrecen los centros comerciales ponen en bandeja otras triquiñuelas. Como la de comprar un navegador para el coche, probarlo y llevarlo a la tienda el día catorce. «Es un producto caro. Cuesta entre 800 y 1.000 euros. Se usa para un viaje o las vacaciones y se devuelve alegando que no va bien o simplemente que no gusta. Aunque lo sospeches, si lo traen como se lo dimos, lo tenemos que recoger», señala el responsable de la gran superficie.
El propio gerente de El Boulevard, Pablo Vivancos, reconoce que «el amplio servicio y las múltiples facilidades que ofrecemos compensan estas trampas. La gente lo valora y sabes que eso es lo que le va a hacer volver». Ya se sabe que el cliente siempre tiene la razón. Aunque sea un caradura.