En una acepción menor, la sexta del diccionario, 'presupuesto' es «un propósito formado por el entendimiento y aceptado por la voluntad». Este país lleva demasiado tiempo acostumbrado a vivir sin presupuestos, de manera que aquello que parecería lógico en otro lugar, aquí deja de serlo. Así, el problema de que no se consiga una mayoría adecuada para sostener y aprobar un presupuesto no es culpa principal del gobierno que no logra enhebrar esa suma, sino de la oposición que la imposibilita. Otra: lejos de dificultar la acción política gubernamental, la ausencia de un presupuesto deja las manos más libres a éste y limita hasta casi al extremo la capacidad de control de la oposición. Vamos, que un gobierno vive mejor en la prórroga presupuestaria que en el compromiso de gasto con los ajenos al poder. Una última: la parálisis que provoca la ausencia de acuerdos básicos se vuelca sobre el opositor, a quien se culpa de no propiciar apoyos que sostengan actuaciones estratégicas. Se comprueba así cómo la ausencia de normalidad política que provoca la falta de un presupuesto dinerario conduce endiabladamente al resquebrajamiento de los presupuestos básicos de la política; en este caso, a lo referido a las responsabilidades del gobierno y de la oposición.
Así se entiende la lógica que puede haber en el hecho de que el primer partido de la oposición en Euskadi sea precisamente el que acaba de apoyar los presupuestos del Gobierno vasco. O el que ese mismo partido, el socialista, sea capaz de propiciar normalidades presupuestarias y de las otras, de las mínimas políticas, con nacionalistas vascos en un lugar o con populares en otro, sin que parezca, como no lo es, que su única preocupación sea la de pactar y pastelear aquí y allá. Es precisamente por el pernicioso efecto que tiene la crisis permanente en las instituciones y en el escenario político vasco por lo que los socialistas se han empeñado en propiciar mínimas estabilidades y normalidades, porque sólo en ese escenario la oposición puede ser oposición y el gobierno gobierno. Carnaval es la semana que viene, pero en Euskadi parece que lo sea todos los días.
Reconquistar una cierta normalidad por la vía de los presupuestos y colocarse de paso en una centralidad, de manera que en sitios tan diversos como el Gobierno vasco o los gobiernos municipales y forales de Vitoria y de Álava, lo ordinario pase por los socialistas. Ésa es básicamente la intención y la consecuencia de los movimientos de ese partido en los últimos meses, por no salirnos de lo que hace más allá del Ebro donde, por las muestras, rige similar estrategia. No es casual, entonces, la protesta que se oye de inmediato desde algunos bancos del ejecutivo, ya el nacionalista, ya el popular, ante la generosidad de los socialistas a la hora de apoyarles en sus respectivos cometidos gubernamentales. «Ladran, luego cabalgamos», que dirán en las casas del pueblo.
En resumen, que el efecto principal que tienen estos movimientos socialistas en el ámbito vasco, y en el específico vitoriano y alavés , no es tanto el reordenar las políticas de inversión y gasto de los diferentes gobiernos -cosa harto difícil desde la oposición, por mucho que se diga-, sino el generar escenarios de normalización política que propicien y den paso a logros más sublimes que los de la parva política: el proceso de paz, las apuestas estratégicas de una ciudad, la reubicación de una provincia... Todo eso, de venir, será después, pero sólo sobre la base de un cierto atemperamiento del paisaje, y no desde la zozobra permanente.
Cuando se recompone el presupuesto de la normalidad, no cabe duda de que quien primero gana es quien manda. Hasta ese presupuesto básico de la política lo habíamos perdido de vista. En el caso local que nos ocupa, los populares recobran el aliento de la normalidad después de una legislatura sin un minuto de tregua. Y las elecciones son de aquí a un año. Es cierto. Pero no lo es menos que todos, gobiernos municipal y foral, y oposiciones correspondientes, se estaban viendo necesitados de cierta estabilidad. Las elecciones son el año que viene y la legislatura que entonces acabe será, en Vitoria y Álava, una de las peores que se hayan conocido. A cualquier candidato, desde el poder o desde la oposición, le interesa llegar a abril del siete con algo para enseñar y, sobre todo, con la cara lavada de una clase política local que no se ha mostrado precisamente diestra en su oficio.
Lo demás, lo de los contenidos del acuerdo, cabe la tentación de decir que es lo de menos. No es así, ciertamente, pero no es lo principal. Los socialistas han hecho un esfuerzo por incorporar aportaciones de diferentes entidades sociales, económicas o culturales. Es un buen procedimiento de participación ciudadana. Pero desde la oposición no se le hacen los presupuestos a ningún gobierno. Era ése otro presupuesto falso que se quiso colar en el carnaval político de este lugar. No es posible. Como mucho, estableces tu impronta (subvención de libros, resolución del contencioso sobre las ayudas a las rentas bajas), alimentas directamente a tus bases sociales (compromisos efectivos con asociaciones y ONG) o abres camino para actuaciones de futuro por si llegas al gobierno (soterramiento ferroviario y nueva estación de autobuses). No hay más, porque al día siguiente del acuerdo el gobierno es el gobierno y la oposición la oposición; porque una cosa es un acuerdo presupuestario y otra un acuerdo de coalición.
Por eso, quien sobredimensiona o quien resta valor a los contenidos económicos de un acuerdo presupuestario, en el país en que vivimos, está tratando de confundir o de vender su producto. Aquí, el presupuesto básico es recomponer las normalidades. Y a ello se subordina hasta el presupuesto en términos de su cuarta acepción del diccionario: «cantidad de dinero calculado para hacer frente a los gastos generales de la vida cotidiana». En Euskadi, la política es lo primero. Será por dinero...