«Yo me salí a la calle con diez años. Me fui a buscar otras cosas, sin importar qué». Wilber García encontró en el camino una pandilla y se integró en ella. «No me di cuenta de lo que estaba haciendo, pero me sentía bien y me adapté». Cambió los problemas familiares por el apoyo de la mara Salvatrucha, una de las grandes bandas que se han constituido en el gran problema de orden público en buena parte de Centroamérica. Como él, otros 175.000 jóvenes han optado por militar en alguna de estas formaciones, cada vez más poderosas y mejor armadas.
Hay otras opciones para una juventud sin medios, pero no son mejores. «Los que no se integran también pueden ser niños de la calle, delincuentes y consumidores de droga». Él reside ahora en España y cuenta su experiencia en centros educativos de Madrid y el País Vasco, instruye a grupos de riesgo e imparte cursos como el que tiene lugar este fin de semana en la sede bilbaína de la Asociación para la Resolución de Conflictos y la Cooperación (ARCO) una ONG que sensibiliza sobre este problema, incipiente en nuestro país.
Según explica, el objetivo es sobrevivir, y en una estructura jerarquizada y bien organizada como la pandilla todos cumplen su cometido. «Cobraba», explica. Recaudaba una especie de impuesto de la circulación a los conductores de autobuses o camiones de reparto que se adentraban en el barrio. «Les decíamos que estaban en el territorio de nuestro grupo y que allí también había ladrones y nosotros les íbamos a proporcionar la seguridad y la certeza de que no les perjudicaríamos».
La negativa a pagar solía ocasionar peligrosas venganzas. «La banda entendía que se trataba de una persona sin corazón y ahí empezaba todo», explica. «Como se han criado en un entorno duro, mi padre aquí y mi madre allá e, incluso, la Policía es violenta, ¿qué uno puede hacer?». El niño pandillero creció en ese entorno. Durante trece años asumió un sinfín de responsabilidades «de las que no quiero hablar claramente por mi propia seguridad», puntualiza. En cualquier caso, admite que el tráfico de drogas y la extorsión eran prácticas corrientes.
Violencia a flor de piel
Fueron tiempos duros, en los que proliferaron los enfrentamientos con otros grupos diferenciados tan sólo por letras y números. Se peleaban por rencillas heredadas, aunque todos compartían similares códigos y rivalizaban en la abundancia del arsenal empleado. «En mi país, por 200 euros uno se puede hacer con un fusil AK-47».
La Policía y los escuadrones de la muerte también los acosaban. En opinión de Wilber, sus procedimientos, muy expeditivos, no diferían de los empleados por la delincuencia. «Lo peor son las muertes extrajudiciales», denuncia. «Los hijos de los pandilleros ven cómo el Gobierno les saca los ojos a los cadáveres de sus padres, nunca lo olvidan y algún día serán peores que esos padres muertos».
Una entidad local dedicada a la prevención del delito le propuso dejar la banda. «Fui pensando como un hombre y me arriesgué», recuerda. «Mis compañeros me dijeron que si era para bien, que si creía que había futuro, váyase tranquilo y gracias por lo que nos aportó, pero no queremos que vuelva a los tres meses contando que mejor ya no, porque no somos juguetes de nada».
Desde hace un año, previene a otros muchachos, hijos de inmigrantes, sobre los riesgos de dejarse atrapar por las bandas que empiezan a surgir en la periferia de las ciudades españolas. «Les digo que si estoy vivo es de milagro, leche o suerte, porque, donde yo estuve, el valor de la vida es muy poca».