En el intervalo de dos meses, tres puntos tan alejados en el mapa como Finlandia, Chile y Liberia han sido noticia por una misma razón: la presidencia de ese país la ocupará una mujer. En el caso de Finlandia, aún habrá que esperar hasta el domingo para conocer el resultado de la segunda vuelta, pero las encuestas dan como ganadora a la candidata socialdemócrata Tarja Halonen.
Que la señora Halonen ocupara la presidencia de Finlandia hace seis años no me sorprendió en absoluto, ya que Finlandia es el primer país de Europa en el que las mujeres consiguieron el voto antes de la primera guerra mundial. Por otra parte, Finlandia tiene una trayectoria de democracia y de Estado del Bienestar plenamente consolidada, y un movimiento feminista muy activo, lo cual ha hecho que las mujeres de ese país hayan conseguido las mayores cotas de igualdad del mundo. Esas condiciones son básicas, en mi opinión, para el acceso de las mujeres a todas las actividades de la vida pública. Pero no sólo para el acceso, sino también para la consolidación.
El caso de Michelle Bachelet me ha parecido realmente extraordinario. Por una parte, porque viene de un país latinoamericano donde no se dan las condiciones objetivas para que las mujeres accedan al poder (ella misma ironizó durante la campaña electoral diciendo que concentraba «todos los pecados capitales de Chile: mujer, socialista, separada y agnóstica»), y, por otra, porque la candidata de la Concertación de Partidos por la Democracia es hija de un militar muerto en prisión por torturas durante la dictadura de Pinochet, y ella misma sufrió torturas en aquella época. Aunque Chile es todavía una democracia reciente, es evidente que tanto la lucha de la oposición a la dictadura como la de las mujeres están dando sus frutos. Por ello, no es casual que entre las prioridades de la señora Bachellet estén el sistema de pensiones y los planes de empleo.
De la liberiana Ellen Johnson-Sirleaf sé que tiene una amplia experiencia política, que fue encarcelada en dos ocasiones acusada de traición y que cuenta con el apoyo de Estados Unidos. Pero, en un país destrozado por 14 años de guerra civil, la señora Johnson-Sirleaf tendrá que centrar sus esfuerzos en consolidar la paz y en luchar contra la corrupción. Por desgracia, aunque el 80% de la población vive bajo el umbral de la pobreza y el 65% es analfabeta, los llamados temas sociales (un lujo para quien tiene temas tan crudos) deberán esperar.
Para quienes pensamos que estaremos más cerca de la justicia y de la igualdad cuando la mitad de los presidentes del mundo sean mujeres, éstas son buenas noticias. De todas formas, no olvidemos que quienes las precedieron fueron todos varones, y lo serán, casi con toda seguridad, quienes las sustituyan. No se puede hablar, pues, de poder femenino, ni muchísimo menos. Las mujeres en el poder siguen siendo una excepción, y también este artículo es prueba de ello. Por primera vez en su historia, Alemania tiene una mujer primera ministra, la democristiana Ángela Merkel. Lo mismo sucede en Chile con la socialista Michelle Bachelet. En Liberia, Ellen Jonson-Sirleaf, acaba de tomar posesión como presidenta: es la primera mujer africana que logra algo parecido. El 29 de enero, la actual presidenta de Finlndia, Tarja Halonen, socialdemócrata, primera mujer que ocupó esta cargo en un país nórdico, será, probablemente, reelegida en la segunda vuelta electoral. En Francia, la socialista Segolène Royal se prepara para ser elegida candidata a presidenta de la República si logra el apoyo del partido socialista: sería la primera vez que eso sucede. En Estados Unidos, Hillary Clinton y Condoleeza Rice suenan como posibles candidatas a las presidenciales próximas. También es la primera vez.
Ya no son casos aislados, como Golda Mair, Indira Ghandi, Margaret Thatcher, Gloria Macapagal o Mary Robinson en el siglo XX, sino que, en gran parte del planeta, empieza a considerarse normal que una mujer acceda a la máxima responsabilidad del país y ostente el símbolo del poder delegado por sus respectivos pueblos. Todos estos nombres representan las más diversas tendencias políticas: nadie puede dudar, pues, de la diversidad de posiciones e ideas de las mujeres en la política.
Seguramente empieza a estar más claro que las mujeres no sólo están tan preparadas como cualquier hombre para ejercer responsabilidades públicas sino que le han perdido miedo a ejercer el poder. Las mujeres que cito han batallado duro por ganarse el puesto: el caso de Merkel, en el país más poderoso de la Unión Europea, es tan paradigmático como que, con ella, ha emergido una flexibilidad materializada en una compleja coalición de gobierno y en los primeros pasos dados por la cancillera en sus relaciones con la UE, EE UU y Rusia.
Que las mujeres en política puedan tener 'más cintura', más disposición al acuerdo y el pacto y mayor capacidad de comprensión de los problemas sociales, es algo que vamos a poder comprobar sin tardanza. El reto de esta nueva generación de mujeres con poder no es transformarse en 'damas de hierro' sino introducir un nuevo estilo de relaciones entre los poderes y con la sociedad y los individuos que la componen. En tanto que mujeres, saben que lo suyo es dar la vida, no hacer la guerra, por decirlo de forma rápida. ¿Serán capaces de orientar la política y las relaciones sociales en una dirección que permita resolver los lógicos conflictos humanos sin recurrir a la violencia? Basta con que lo intenten para que el estilo poder femenino quede bien orientado.