El Correo Digital
Lunes, 30 de enero de 2006
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OPINIÓN
ARTÍCULOS
Contra el consenso
Desde hace unos cuantos años el consenso se ha convertido en una superstición del debate político, en un bien dogmático, en un objetivo en sí mismo cuando a lo sumo es o debe ser un medio. Se ha llegado a convertir, sí, en un sinónimo de la palabra 'democracia', cuando tan legítimo es el consenso como el disenso y cuando la esencia del sistema democrático consiste en la posibilidad de discutir y disentir. El consenso debería ser a lo sumo algo deseable cuando se trata de alcanzar un objetivo justo y beneficioso para todos, no cuando de lo que se trata es de equivocarse en masa y de buscar un absurdo unánime. A mí me llama mucho la atención la extraña devoción que suelen tener por el consenso los grupos pacifistas a la hora de pronunciarse en el debate de la política vasca. Demasiado a menudo se oyen, de esos grupos, tópicos como 'a ver si los políticos se ponen de acuerdo'. Como si el acuerdo, la coincidencia, la unanimidad, el consenso fuera en sí mismo y por sí mismo un inapelable valor.

Me llama la atención porque esos grupos provienen de las comunidades cristianas de base y son los cristianos los que antes que nadie deberían recordar que el consenso puede ser injusto y hasta atroz. Por consenso pidieron los judíos que se crucificara a Cristo y por consenso pedían después los romanos el sacrificio de los propios cristianos en las garras de los leones. La verdad es que, históricamente, a los cristianos no les ha ido con el dichoso consenso demasiado bien. Por consenso, por el bendito consenso murieron crucificados, asaetados, apedreados o achicharrados todos los mártires, esto es con el beneplácito y el entusiasmo de las multitudes. Y por consenso, por ese providencial y alabado consenso es hoy Francia una República laica y desfilaron ayer por la guillotina todos los curas que no deseaban comulgar con el ideario de la Revolución. Por consenso se gritaba en España durante la República y la Guerra Civil aquel lema tan entrañable de 'colgaremos al último rey con las últimas tripas de fraile'. Por consenso subió al poder el mismo Hitler para liquidarse -cerrando así el círculo histórico- a los judíos y a los cristianos que no se entusiasmaban con él. En fin, chavales, que ojo con el consenso y con que el remedio no sea peor que la enfermedad.

El consenso a secas no es en principio ni bueno ni malo pero cuando se hace de él un absoluto totémico, cuando se apela a él usándolo como una argucia sofística que pueda reemplazar a la inteligencia, al ideal y a la ética; cuando se pretende hacer de él un sucedáneo de la cordura que colectivamente no tenemos es hasta peligroso. Se apela al consenso cuando no se puede apelar a otra cosa, a la moral, a la Justicia, al bien común, a la sensatez.



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