El Correo Digital
Lunes, 30 de enero de 2006
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SOCIEDAD
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Fuera de catálogo
Artículos comunes en la vida cotidiana, que fueron grandes innovaciones hace muy poco tiempo, desaparecen o son sustituidos por efecto del imparable avance tecnológico
Algunos símbolos de la vida cotidiana de los últimos años en las sociedades más desarrolladas de Occidente son ya historia. Otros están a punto de serlo pese a que muchas personas aún no han acabado de acostumbrarse a su uso. De la máquina de escribir a la película fotográfica, de las casetes a los sellos de Correos, una gran cantidad de objetos está a punto de desaparecer de nuestras vidas. A algunos los recibimos, hace bien poco, como grandes avances tecnológicos y hoy son verdaderas antiguallas. Cosas más viejas que el hilo negro o, por estar más a la última, que un disquete de ordenador.

Cuando Blanca R. se viste cada mañana coloca en su muñeca un reloj que funciona gracias a una pila. Los relojes de cuerda son sólo una reliquia familiar que se guarda en un cajón pero nadie usa. A la carrera, Blanca se dirige a su coche y lo abre. Ya no utiliza llave, un objeto en desuso: no las hay en los automóviles modernos, no existen en los hoteles, y las maletas y los candados se abren con una clave.

Blanca va al aeropuerto a recoger a un familiar. Le avisó ayer de su llegada mediante un mensaje SMS a su teléfono móvil. Hace 25 años habría recibido el recado en uno de los 9,5 millones de telegramas anuales que se cursaban en España. Hoy son sólo poco más de cuatro millones y los utilizan, casi en su totalidad, las empresas e instituciones dentro de procedimientos administrativos muy concretos, normalmente para dejar constancia legal de un requerimiento. Pero ningún particular usa hoy el telegrama para avisar de una llegada, un nacimiento o una defunción, como antes. Tampoco se utiliza apenas el télex: en 1980, Correos ya había detectado un descenso en el envío de telegramas por la competencia del télex, un servicio que tenía más de 30.000 abonados. Los télex figuran hoy en los museos de la técnica, y no entre los objetos más modernos. Desde luego, a nadie se le ocurriría usarlo para comunicarse. Su vida ha sido más efímera que la del telegrama, aunque éste tiene los días contados: en Austria ha dejado de prestarse el servicio desde el pasado 31 de diciembre. Tampoco han corrido mejor suerte los 'buscas' y el 'fax': desde la popularización de los teléfonos móviles, nadie usa los primeros, y los segundos viven arrinconados por el correo electrónico.

Música y máquinas

El familiar de Blanca R. se ha subido al avión sin billete. Al menos, sin billete en papel. Hoy, los electrónicos son ya casi el 40% del total, y las compañías integradas en la IATA dejarán de emitir billetes convencionales el año próximo.

Algunos viajeros bajan del avión oyendo música en un 'mp3' o 'ipod'. Hace sólo dos décadas el 'walkman' hacía furor. Ningún muchacho tiene hoy uno. Tampoco saben lo que es un disco de vinilo o una casete. El año pasado, según una primera estimación, se vendieron poco más de 10.000 'elepés' en toda España y no habrán llegado a 70.000 las casetes. Ya no están a la venta ni en los bares de carretera.

El día tiene muchas obligaciones. Blanca consulta ese artefacto que combina la agenda electrónica con el ordenador y el teléfono y que se conoce como PDA y descubre que tiene una cita. Otro objeto amenazado: la agenda convencional, que pierde terreno ante un artilugio que no es fácil de utilizar. De hecho, los compañeros más veteranos de la oficina no lo usan, una prueba del ensanchamiento de la brecha generacional de carácter tecnológico, explica José María Alcaide, profesor de Ciencias en la Universidad del País Vasco. «Muchos aparatos nuevos se usan de distinta forma según la edad, y los más jóvenes tienen más facilidad para aprender su funcionamiento. Hay personas mayores que no son capaces de operar en un cajero automático», advierte.

Al llegar a la oficina, Blanca R. abre en el ordenador su base de datos de clientes para obtener un número de teléfono. Hace unos pocos años habría abierto un fichero. Hoy sólo puede verse en las viejas películas de cine.

Después escribe una carta. Por supuesto no lo hace a máquina. ¿Quién necesita hoy una máquina de escribir? Olivetti, el gran fabricante europeo, sólo tiene una en su catálogo y nada hace pensar que siga ahí mucho tiempo. El documento lo copia en un 'pen-drive'. Nada de disquetes. De hecho, su ordenador ni siquiera tiene disquetera. Algo lógico si se piensa que, según datos del sector, menos del 5% de los documentos se copian hoy en disquete. Muchos recuerdan como si fuera ayer el momento en que los disquetes de 3,5 pulgadas y alta densidad parecían capaces de almacenarlo todo. Incluso se pusieron de moda unas carteritas para guardarlos.

La carta sale hacia su destino. Pero no lleva un sello convencional. Éstos han sido sustituidos casi por completo por la fórmula del 'franqueo pagado' o por el sello impreso en máquina que ahora se utiliza en las estafetas de Correos. Un dato lo demuestra: en 1980, la venta de sellos en las estafetas o los estancos suponía el 47% de los ingresos de Correos. Hoy es sólo el 4%, pese a que el tráfico postal no ha dejado de crecer. Y el franqueo digital está llamando a la puerta.

La pasada Navidad, Blanca ya no envió tarjetas de felicitación clásicas. Deseo un feliz año a sus familiares y amigos mediante tarjetas electrónicas o mensajes SMS (en ocho días, la pasada Navidad, se enviaron más 100 millones de estos textos cortos).

Mientras pasea, al final de su jornada, Blanca R. presencia una escena curiosa en la calle. Saca su máquina fotográfica digital para tomar una imagen y piensa en su vieja cámara analógica. La empresa Nikon, una de las mayores del sector, acaba de anunciar que dejará de fabricar esas cámaras. Y la venta de película fotográfica cae al ritmo de casi un 20% anual por efecto de la competencia digital. Dentro de poco quedará limitada a trabajos completamente artesanales.

Cine y vídeo

Blanca sigue caminando y pasa ante una sala de cine X. Otro local que dentro de poco será sustituido por un restaurante de comida rápida, piensa. En los ochenta, tras la regularización de esas salas, llegó a haber casi un centenar en toda España. Hoy sólo quedan seis, porque ahora el consumo de 'porno' se hace en un ámbito mucho más privado: el de la habitación de hotel y el domicilio propio, un cambio que en parte viene propiciado por el hecho de que las mujeres empiezan a tener una cuota importante en ese mercado.

Blanca también ve una película en su casa -una comedia-, y lo hace en su reproductor de DVD. El de vídeo lo retiró hace un año, cuando comprobó que ya eran muy pocos los filmes nuevos que podía adquirir en ese formato. Otro aparato que ya no existe en muchos hogares donde reinó un par de décadas. Lo mismo pasa con la máquina de coser. Alfa, la marca más célebre, dejó de construirlas en 1996. Ahora están ya para los museos, como las cabinas de teléfonos (hay casi 60.000 teléfonos públicos en España, pero ahora incorporan nuevas funciones y es un mercado estancado cuando no en declive), los cheques (sustituidos por las nuevas formas de pago) o las tizas, por poner sólo algunos ejemplos. La técnica domina la vida de losciudadanos, con grandes ventajas y algunos riesgos. Blanca lo piensa al programar su móvil para que le despierte por la mañana. Los relojes de cuerda no daban problemas con la batería, ironiza. «Hay que procurar que haya mecanismos que reduzcan los riesgos. A veces la gente no se fía, y con razón, porque en algunas circunstancias las nuevas tecnologías nos hacen más vulnerables», comenta Alcaide. «Si pensamos en catástrofes que pueden ocurrir, son mayores con las nuevas tecnologías que con las viejas. Pero sin las nuevas no podrían funcionar muchas cosas». El teléfono sonó a la hora.



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