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Martes, 31 de enero de 2006
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ANÁLISIS
El penalti más largo del mundo
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Fueron solo unos segundos. Pero pueden valer por una vida. La del Athletic. 'El penalti más largo del mundo' es un brillante relato corto de Osvaldo Soriano que Fernando Tejero protagonizó en la pantalla grande. El del sábado en San Mamés no fue el más largo, pero si el más importante. Cuando las musas habían abandonado a los nuestros, cuando nos asomábamos al abismo, un defensa argentino curtido en mil batallas fue a protagonizar la jugada tonta de la noche. Caprichos del destino. Matellán tenía dos opciones: intentar controlar un balón franco para jugarlo o dar rienda suelta a su vena de truhán. Le traicionó el subconsciente. Yeste se desmayó y Puentes Leira se apuntó a la extraña moda de silbarle al diez rojiblanco. Pero este pitido nos supo a gloria. El complaciente árbitro gallego y el antiguo zaguero de Boca hicieron más por la suerte del Athletic que todos los esfuerzos de un equipo descabezado en un partido que dejó en evidencia el porqué de nuestras penurias actuales. San Mamés respiró tranquilo. Ya había cumplido con su trabajo. El capote celestial fue de órdago. Nosotros contuvimos el aliento unos segundos más. Fueron eternos. El gol de Orbaiz dio paso a un suspiro de alivio monumental. El tormentoso camino de galeotes prosigue. Pero estamos vivos. Que no es poco.

El periodista Carlos Toro, en su divertido anecdotario futbolero, reúne con paciencia una pequeña antología de frases lapidarias de la historia del fútbol. Una de las más celebradas es aquella que habla de que «lo importante es ganar, aunque sea de penalti injusto y en el último minuto». El del sábado no fue injusto. Fue tonto. No llegó en el último minuto, como en la fábula costumbrista localizada en el barrio madrileño de Aluche, pero se hizo de rogar. La hora y cuarto que lo precedió fue insufrible. Pero volvamos a la famosa frase. La autoría de la perla dialéctica se le atribuye a Pablo Hernández Coronado. Curioso personaje que llegó a compartir con el inimitable Helenio Herrera el cargo de seleccionador durante apenas un mes, allá por 1967. Y algo se le pegó del excéntrico mago de los banquillos. Tras una derrota de su equipo, prohibió a sus jugadores hacer declaraciones. «Para decir tonterías, aquí estoy yo», aclaró.

Javier Clemente declaraba en la víspera que veía a su equipo francamente bien. Quizá por eso, en una demostración de confianza en los suyos, retomó la fórmula de los tres centrales para recibir al Getafe. Mensaje inquietante en un partido en el que sólo valía ganar o ganar. Defender bien puede ser un arte. No es el caso. Se trata de amontonar defensas, reducir los riesgos de impacto ante la peligrosa tendencia de este grupo por el harakiri colectivo, y esperar a que alguno de los de arriba haga sonar la flauta del gol. Lo de Anoeta pasó factura. Se acabaron las alegrías. Sólo espero que no caigamos en la misma trampa en la que se enredó Matellán. Despreciar el fútbol puede ser mucho más peligroso que quitar un central. Y es que la flauta no siempre va a sonar sola.




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