Estar a buenas con Hacienda no siempre es fácil, y eso lo sabe hasta el contribuyente más fiel a su destino de eterno pagador. Llega un momento en el cual el ciudadano recibe una carta, o lo que sea, por medio de la cual se le informa en un tono por lo general perentorio, escasamente cariñoso y con escaso margen de malinterpretación de que sus deberes con el fisco no se han solventado y que, o se solventan o la cosa puede ir muy mal. Desechado por antiguo el método drástico de encarcelar al deudor, se le somete a todo tipo de presiones legales, que pueden ir desde el embargo de la cuenta corriente hasta la confiscación cautelar de una piara de cerdos. Como lo oyen.
Cada cual tendrá sus razones para hacerse el loco cuando le llegue la factura de lo que debe al fisco, pero el cerco se estrecha cada vez más. El contribuyente tiene al menos dos opciones: o no da por oídas las reclamaciones de Hacienda y sigue viviendo como si la cosa no fuera con él hasta que el cepo le atrapa (conozco con un caso digno de novela de Dostoievski) o adquiere una úlcera de estómago perforadora del ánimo vital hasta el ingreso en el frenopático.
El asunto es grave, y ojalá no lo sufra usted nunca. La Administración no tiene piedad en este cometido y juega con todas las ventajas. También es cierto que el número de morosos sinvergüenzas es abrumador y que merecen lo que les pasa si es que les pasa alguna vez,que esa es otra. Pero hay asimismo ciudadanos a los que un simple golpe del destino les despluma una mañana y se quedan a la intemperie sin haberlo pretendido. Tengan en cuenta esto cuando juzguen al proscrito.
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