La pasión por los culebrones resucita de nuevo con más apasionamiento televidente si cabe que en épocas pasadas. Hasta los que hablan de oídas tienen referencias suficientes para saber de qué iba 'Pasión de gavilanes' aun sin verla, y todavía persisten los rescoldos del éxito obtenido por esta popular serie de televisión campera y campestre y la sintonía pastoral que la animaba: «¿Quién es ese hombre ...?», canción de amor que alude a una 'fiera' varonil de esas que te hacen «sentir mujer» como proclama la letra de la empalagosa tonada. Un paseo por los canales en horarios que se han dado en llamar 'marujiles' y que también ocupan los nenes, es un cabalgar de dramón en dramón de silvestre factura capeando tormentas y vadeando torrentes de lagrimas en dilatadas entregas con tremendas historias de personajes al borde por cuestiones amorosas en las que el testamento o la herencia son claves en devastadores huracanes pasionales.
Toda telenovela es una larga travesía por capítulos en la que se ha de cruzar esa especie de triángulo folletinesco de las Bermudas de amor, dinero y belleza, en el que el telespectador es engullido, arrastrado por los remolinos de pendencias, amores y traiciones con la fuerza de un tifón sentimentaloide. Así son los protagonistas: ellos, los gavilanes, de habitual en camiseta imperio y sombrero que no ensombrezca los bien marcados bíceps, o sea, carnes de gimnasio, interpretes todos forjados en el Actor's Studio de la Pesa y la Mancuerna; ellas, las palomas del culebrón de marras que alcanzó altos vuelos en audiencia, en papel de vaqueras caribeñas sin perder el deje urbano y mejor arregladitas que las concursantes de una granja de famosos en liza.
Las pérfidas y las buenas, canallas y buenos chicos, juntos y revueltos, se enfrascan en melosos parlamentos pronunciados en el rico abanico de los acentos de América latina. Una autoridad lingüística española ha loado lo beneficioso que esta basura dramatúrgica resulta para el enriquecimiento de la lengua. Por las mismas, habrá que pensar que si se lee literatura ínfima en abundancia al menos ayuda a enriquecer el léxico, el lenguaje, el habla e incluso las lecturas más nefandas pueden avivar la pasión por el idioma.