Ha pasado un mes desde que entrara en vigor la polémica Ley Antitabaco, y nadie está contento. Ni los no fumadores, que se quejan de seguir soportando los malos humos, ni los amantes de la nicotina, condenados a disfrutar del vicio a salto de mata. Especialmente si se trata de las horas de trabajo.
Tampoco es que las gélidas temperaturas invernales animen mucho. La mayoría de los fumadores opta por acompañar el cigarrillo con el calor del café en un bar, y pocos son los que desafían a los elementos. Pero, ¿y si el fumador trabaja a su vez en una cafetería?
Este es el caso de Marga Pérez, Ana Isabel Salas y Cati Sánchez, cocineras del restaurante La Huerta, situado en una céntrica calle vitoriana. «Aprovechamos algún ratillo suelto para salir a la calle, aunque con este frío es una lata», señala Marga Pérez. Su compañera Ana Isabel asiente: «Así fumamos menos».
Ambas aseguran no perder mucho tiempo, «tan sólo dar varias caladas y volver al trabajo, porque sabemos que hay que preparar los platos y también por cuestión de imagen».
No muy lejos de allí, en la delegación de Educación de Álava, María Luisa Caballero aspira las volutas de humo. Es el primer pitillo de la mañana, convertido, junto con el de media tarde, en toda una rutina.
Ataviada con una cálida chaqueta de lana, intenta resguardarse del frío para evitar acatarrarse. «No estoy ni cinco minutos fuera, la mitad de lo que cuesta sacar un café de la máquina, pero me obligan a recuperar este tiempo». Ella, como el resto de sus compañeros fumadores, no entiende por qué no «permiten que se ponga una sala para nosotros, donde no molestemos a nadie ». Tanta restricción no la ha hecho partidaria de la nueva normativa, al contrario.
«Antes ponían la estrella de David a los judíos; a nosotros dentro de poco nos identificarán con un cigarrillo», comenta indignada. Por si acaso, recuerda que «no somos ningunos criminales».