El asunto de la vivienda en Vitoria va camino de convertirse, no ya en un culebrón interminable al que nadie es capaz de poner punto final y ni siquiera punto seguido, sino un prodigio del teatro del absurdo. Observen un dato: si las cosas van como van, es más que probable que dentro de un tiempo contemos con más agencias inmobiliarias que casas habitables. Quien esto firma ya lo vaticinó hace algún tiempo y parecía una humorada sarcástica. Pues al paso que vamos, de humorada poco y de sarcástica nada.
Esto se está convirtiendo en un despropósito mayor del que ya era: pisos de más de cincuenta millones de las antiguas pesetas, descontrol del mercado inmobiliario, admisión de cualquiera en el negocio y, mientras tanto, la casa virtual sin barrer. Se le puede encontrar la gracia, pero a mí se me escapa, y miren ustedes que me encanta encontrar la gracia a cualquier cosa aunque no la tenga. La impresión que me queda es la de que este asunto no tiene remedio, pero me niego a esa confesión de derrota irreversible.
No sé si se imaginan ustedes esta ciudad viviendo en la misma situación hasta que el mundo acabe, con hipotecas a doscientos años, heredadas de los padres que a su vez las heredaron de los abuelos, a su vez herederos de los bisabuelos. Una locura.
Alguna vez he citado aquí una novela clave del realismo crítico italiano, aquella del gran Italo Calvino titulada con precisión impecable «La especulación inmobiliaria». Lo más curioso del libro es que se quedaba corto. Si Calvino viviera hoy no daría crédito (disculpen la expresión en este caso) a lo que ve. Y nadie hace nada o finge hacer algo o pasa de largo. Ahí estamos.
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