Inmerso en los preparativos de su obra 'Antonio y Cleopatra', el escritor, actor y director teatral Iker Ortiz de Zárate planea al detalle su pregón de Carnaval. Un acto que supone «todo un honor» y para el que, vestido de flautista de Hammelin, quiere conservar cierto misterio. «Estará relacionado con este disfraz», desvela.
-¿Contento con ser el pregonero de los carnavales?
-Mucho. Es un honor, estoy encantado. Carnavales, como Navidad, son momentos muy especiales, la ciudad cambia mucho y tienen un valor emotivo grande.
-¿Vive mucho esta fiesta?
-Por mi trabajo he hecho del disfraz mi vida, y quizá no me llama tanto la atención. Pero le concedo mucho valor. Puedes elegir una indumentaria que habla de lo que te gustaría ser y no te atreves. El disfraz, más que enmascarar a la persona, la desnuda y hace más sincera. Refleja nuestro interior.
-Para Carnaval, como en el teatro, ¿es imprescindible una máscara?
-Ojalá que no. Ojalá las personas se muestren aún más. Aunque el disfraz tiene su belleza, es diversión, espectáculo y esos días nos despoja de pudores. Algo que deberíamos conservar durante el resto del año. Con esa excusa, nos mostramos como somos.
-¿Ese es el mensaje que transmitirá a los vitorianos?
-Básicamente, aunque con cierto toque de diversión y frivolidad. Innecesariamente, llevamos siempre ciertas máscaras con las que creemos que hacemos más fácil la convivencia, pero nos limitan mucho. Sin ellas, el mundo sería mucho más feliz.
-¿Su trayectoria artística le facilitará la tarea de pregonero?
-Tiene muchas ventajas, pero el pregón, al margen de esto, posee una carga emocional y de responsabilidad muy grande. Es tu misma ciudad a la que quieres aportar tu grano de arena.
-¿Actuará solo?
-No, estarán los alumnos de mi escuela de teatro, Ortzai, y también habrá músicos. Pero no quiero desvelar todo el acto. Sólo digo que con este disfraz que visto estará relacionado, además de con un célebre aniversario.