La política lingüística que se desarrolla en el País Vasco parte de un gigantesco equívoco que ahora no voy a analizar sobre todo para que no me lluevan botellazos en la cabeza. Sólo voy a decirles que, en mi opinión, tiende a ser bastante absurda, que está dominada por criterios muy escasamente lógicos y que se está perdiendo mucho más de lo que se está ganando y a mucha mayor velocidad. No entro en más detalles por no abrir una vez más la caja de los truenos, esa caja de la que sólo salen esos animalitos tan feos que son los sapos y las culebras. Qué raro es este país.
Sólo 8 colegios públicos de Álava impartirán el modelo A el próximo curso mientras va a crecer la oferta del D, pero la sensación de que no se ha pensado mucho en las consecuencias reales de esa apuesta es cada vez más evidente. Déjenme decirles algo con todos los respetos posibles: se está cometiendo un error garrafal que se va a pagar, se está pagando ya, con un desastre cultural de muy difícil arreglo. No se puede sacrificar un idioma, que no es sólo un sistema de señales sino infinitamente más, para salvar a otro que podría ponerse a flote sin ayudas desproporcionadas.
Llevamos muchos años con este asunto y lo que más me preocupa es que estamos más o menos en el mismo callejón sin salida. El realismo ha sido sacrificado en un altar absurdo.
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