La mirada de un niño rara vez miente y ayer, los ojos de Federico Cremades, eran la viva estampa de la felicidad. El pequeño había pasado la noche en vela intentando imaginar cómo sería su bautismo aéreo a bordo de una avioneta Cessna 172 y ni la templanza que intentaba transmitirle su madre ni la confianza que le inspiraba su padre habían conseguido calmar ni un ápice sus nervios.
Fede, como le gusta que le llamen sus amigos, llegó minutos antes de las tres de la tarde al aeropuerto de Foronda dispuesto a disfrutar «a tope» de una de las aventuras más emocionantes de su vida. Su primer y único vuelo lo realizó hace más de cinco años cuando viajó a España desde su Argentina natal. De aquel día no guarda muy buenos recuerdos -«fueron muchas horas dentro de un avión repleto de gente»- y Fede necesitaba borrar aquel mal sabor de boca. Ayer, por fin, lo consiguió.
A las cuatro en punto de la tarde, el chequeo prevuelo que el piloto Pedro Fernández de Retana realiza de manera «rigurosa» antes de cada trayecto, daba carta blanca al despegue. Acomodado en el asiento trasero de la Cessna 172, Fede no perdía detalle de las indicaciones del piloto del Aeroclub Heraclio Alfaro. Abrochado el cinturón y colocados los auriculares, los 160 CV del aeroplano ejercieron su potencia y la avioneta se despegó de la pista 04 del aeródromo. Por delante, media hora de vistas impresionantes de Vitoria, sus montes, sus pantanos y su Llanada.
«¡Qué cosquilleo!», soltó el pequeño mientras el avión cogía altura a unos 500 pies (167 metros) por minuto. «No pasa nada, éste es el mejor monomotor de cuatro plazas del mundo», le tranquilizó de inmediato el piloto. Pero Fede no parecía asustado. Al contrario. Una vez la avioneta se estabilizó a unos 450 metros de altura sobre la capital, el peculiar pasajero se olvidó de sus cosquilleos para exprimir al máximo su aventura celestial. «¿Eso qué es? ¿Un embalse?», preguntó curioso. «El de Legutiano», le respondió Fernández de Retana. «Y a su lado, el de Ullíbarri-Gamboa y su llamada 'isla de los conejos'», continuó.
Giros y virajes
El monte más alto, Mendizorroza, el Buesa Arena... Fede quería divisarlo todo desde las alturas. Pero algo se le olvidó hasta que el piloto le espetó: «¿Y tu casa? Vamos a sobrevolarla». El giro para virar en esa dirección fue casi acrobático, pero el pequeño ni se despeinó. Claro que, al fin y al cabo, eso es lo que «mola».
Amante de las emociones fuertes Federico Cremades pasó con nota su bautismo aéreo. Mientras tomaba tierra a nada menos que 120 kilómetros por hora sus palabras no dejaban lugar a dudas. «Ha sido mejor de lo que me esperaba. Repetiría sin pensarlo dos veces».
De momento, ya ha sido bautizado y aunque por ahora prefiere las botas de Raúl, Zidane o Vicente al uniforme de piloto comercial, Fede no descarta un cambio de planes. El tiempo lo dirá.