Si mis cálculos no fallan, yo tenía la tierna edad de diez años cuando se inauguraron las instalaciones de Gamarra, todo un hito en aquella época. Usted salía del centro, viajaba unos minutos largos y se encontraba en Miami, un Miami cutre pero dotado de piscinas, sombrillas, heladeros, vestuarios y todo lo demás. Creo que inauguró el incipiente complejo el general bajito, pero no me hagan mucho caso porque del general bajito procuro acordarme lo menos posible.
Ahora se anuncia que el centro social de Gamarra se iniciará en abril y que tendrá fascinantes saunas y hermosos restaurantes, salas de masaje y hasta baños turcos. Nunca nos hubiéramos imaginado en aquellas épocas sombrías que podríamos disfrutar de todo eso cuando a los de mi generación disfrutar de todo eso nos importa un pimiento. Sólo cabe alegrarnos de que las nuevas y novísimas generaciones puedan tomar el sol y refrescarse en sitio tan idóneo.
El caso es disfrutar y hacerlo sin complejos, y eso según los planes parece que está hecho. A falta de playas de alcance visual interminable, gocemos al menos de piscinas con olor a cloro al alcance de cualquiera aunque se acaben antes del horizonte. Justo donde termina el agua clorada.
Todas estas iniciativas admirables intentan, insisto, compensar las carencias que sufrimos cuando calienta el sol y no hay ruidosas olas que nos ayuden a olvidar el secano imperante. Gamarra, tierra mítica de los gozadores del sol desde hace 42 años, con sus señoras y sus niños, sus 600 y sus barquillos y sus bocatas de chorizo, va a transformarse en un hermoso lugar de ocio. O eso parece, porque nunca se sabe.
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