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Viernes, 17 de febrero de 2006
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CON REMITE
El balneario
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Se están poniendo de moda los balnearios, esos sitios bulliciosos en los cuales, según las necesidades y querencias de cada cual, uno puede recuperar los retazos de salud perdidos o perderlos para siempre por mero aburrimiento. Disculpen este arranque un tanto escéptico, pero soy dado a la distancia irónica y a veces no puedo reprimirme.

Ante las noticias de que se va a potenciar el balneario de Sobrón y que va a convertirse en una atracción turística de primer orden no puedo sino alegrarme, porque ese lugar tiene atractivos largamente descuidados y merece una mano de pintura de índole rentable, y la va a recibir si todo va bien. Y todo va a ir bien si todo se hace bien.

Me van a perdonar la cita cinéfila, pero siepre que escribo sobre balnearios me viene a la cabeza Carles Chaplin, aquel chiflado lúcido vestido de mayordomo pobre que elevó la comedia cinematográfica a categoría insuperable. En una de sus películas recalaba en un balneario acarreando un maletón lleno de botellas de whisky, que es el único material tangible digno de ser acarreado en un maletón. Todos los intentos de remediar la dipsomanía de nuestro héroe fracasaron y al final el asunto terminó, cito de memoria, con el objetivo de la cámara cerrando en negro.

Los balnearios no sólo sirven para resolver problemas alcohólicos, no me entiendan mal. Sirven sobre todo para templar los nervios, disfrutar de la vida durante unos instantes, volver contentos a casa y sentirse mejor. Pero sobre todo para pasar un buen rato o unos ratos muy buenos. Recuerden ustedes el caso de Hans Castorp, aquel personaje de Thomas Mann que tan beneficiosamente se sirvió de las tediosas atenciones de la Montaña Mágica.



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