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Domingo, 19 de febrero de 2006
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ÁLAVA
Ali, la aldea vieja que se resiste a morir
La expansión de Vitoria tiene sus víctimas. Con sus casi mil años de historia, el pueblo que ha permitido crecer a la ciudad por el Este lucha por mantener sus señas de identidad
SABOR RURAL. Crucero, casa de labranza y Sansomendi al fondo, una estampa de Ali. / E. ARGOTE
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MIL AÑOS DE HISTORIA
1025: Aparece Ehari como pueblo en la Reja de San Millán.

1258: En la jurisdicción de Vitoria.

1842-64: Ayuntamiento propio.

1950: Hay 26 familias de labradores. Su término concejil llega hasta el Seminario al Oeste, el Zadorra al Norte, Júndiz al Este y Mariturri al Sur. Casas de la Azucarera.

1958: Imosa promociona 120 viviendas para sus obreros. Se expropian tierras para Mercedes.

1960: Vimuvisa edifica 40 pisos.

2001: La junta administrativa cede suelo para 150 viviendas nuevas.

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Ali, Muhammad Ali, fue el boxeador más grande de todos los tiempos. Al comenzar su carrera se llamaba Cassius Clay y es una leyenda del cuadrilátero que ahora lucha contra la enfermedad de Parkinson. Ali, Ehari-Ali oficialmente, tiene mil años de historia. Constituyó ayuntamiento propio desde 1842 a 1864 y pertenece al municipio de la capital alavesa desde que en 1258 el rey Alfonso X el Sabio se la donara junto a otras 'aldeas viejas'. Ahora lucha por no desaparecer absorbida por el pez gordo. Ambas historias comparten nombre y un nexo común, la resistencia a morir.

Es imposible entender la expansión de Vitoria en los últimos 50 años sin reconocer que lo que la ciudad ganaba lo perdía Ali -y otros pueblos-, ya fuera en polígonos industriales, en la barriada de Sansomendi o en las nuevas construcciones de Zabalgana.

A sus 40 años, José Ignacio Fernández de Larrea representa el paradigma de estos últimos tiempos de su pueblo. «A mi abuelo, a mi padre, a mí y a mis vecinos nos han expropiado unas veces o nos han obligado a vender otras. Lo fundamental es que nos han echado de nuestras tierras y han modificado nuestra manera de vivir», cuenta en la antigua escuela de niños, ahora convertida en sala de concejos, gracias a un pacto de suelo por infraestructuras con el Ayuntamiento de Vitoria. Un trueque injusto, porque «hemos dado cien veces más a Vitoria de lo que nos ha compensado», añade.

Vive en una vieja casa de labranza, el número 1 de Ali, entre asfalto y bloques de ladrillo caravista. Cuando hay faena en el campo sale con su tractor hasta Ullíbarri de los Olleros, al otro lado del término municipal donde el Ayuntamiento le ha arrendado unas fincas, porque él se negaba a dejar de ser agricultor.

Incongruencia

Ali vive una incongruencia. Fernández de Larrea, que es también presidente de la junta administrativa, señala que en realidad el pueblo suma sólo 60 familias, unos 106 vecinos mayores de 18 años que habitan algunas casonas antiguas del núcleo urbano. Muchas de ellas están vacías. Pero es que en el padrón municipal no se incluye la colonia obrera de Imosa, luego DKW y Mercedes, ni los bloques de la Azucarera, ni los de Vimuvisa en la calle Ceferino Urien. En realidad, el perímetro del pueblo sumaría hasta 1.200 vecinos. Ni siquiera los nuevos polígonos en construcción sumarán padrón. «Tan absurdo como que mi casa y mi huerta, que dan la espalda a la Avenida de los Huetos, son de Ali y la de una prima, dueña del restaurante Araba, que es mi vecina, pero su puerta se abre por la avenida de Los Huetos, es Sansomendi, y ella no tiene derecho a votar en el concejo», agrega Fernández de Larrea.

Cuando los tres miembros de la junta administrativa, Larrea, Enrique Sáez de Ibarra y Joaquín Landa, se colocan junto a la hermosa iglesia de San Millán, tan gótica en su estructura y tan necesitada de un arreglo antes de que se caiga el tejado, sienten un desgarro interior. Ven lo que fue Ali y lo que es ahora Vitoria en plena expansión hacia el Este. Miran los terrenos de Mercedes, de Ali-Gobeo, de Sansomendi. «Todo esto fueron nuestras tierras de cultivo. Sabemos los nombres de sus topónimos, Armendibidea, Aldaia, Elejalde, Salisasi, Basaburu, Ukelu, Txorrosolo, Perretxin... Los hemos usado siempre en nuestra vida y queremos que se conserven en las nuevas calles de Zabalgana», dice Enrique Sáez de Ibarra.

Ali no quiere diluirse, como le ha pasado a Arriaga, y convertirse en un barrio más. «Nunca babazorro, siempre kakiturri» es el viejo eslogan aprendido de niños, que también cantaron los que viven en las casas de Imosa o Vimuvisa.

Vecinos de pueblo

No votan en el concejo, pero se sienten vecinos de un pueblo. «Cuando llegamos aquí hace 31 años no había ni una tienda. Íbamos al centro, a Vitoria, decíamos a comprar. Las mujeres cogíamos todas juntas el autobús, cargadas con los hijos pequeños», recuerda María Jesús Letxe, 61 años, que vive en Burubizkarra. «Los chicos siempre estaban en la calle y yo para llamarlos gritaba desde la ventana. ¿Félix, sube a comer! Nos conocíamos todos», evoca Leandri Guillermo.

Al antiguo poblado de Imosa le llaman ahora 'el de las viudas'. Al menos hay 30 mujeres mayores que han perdido a sus maridos. Cuestión de envejecimiento. Mari Cruz Benito, de 78 años, y Mari Carmen Raigadas, de 92, pasean juntas con bata y zapatillas por las calles de Ali, como quien se pasea por su jardín. Sus maridos trabajaron en Mercedes -antes Imosa y DKW- y consiguieron uno de los pisos de precio social. «Esto un día estuvo lleno de niños. Había un consultorio médico y una furgoneta nos traía los pedidos del economato», recuerda Mari Cruz con una portentosa memoria.

Pero hay renovación. Inma Fernández, de 32 años, acaba de llegar a Ali. «Me gusta sentirme en un pueblo», dice mientras pasea a su perrito. Acaba de pagar 210.000 euros por un piso de 63 metros y 30 años de vida. Todo vuelve a empezar.



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