Imaginación, telas, madera y mucha música. Son los ingredientes básicos para convertir la llegada de Don Carnal en un recibimiento por todo lo alto. A falta de una semana para la tan esperada fecha, las comparsas se afanan en la puesta a punto de las carrozas y en aprender los diversos bailes a la perfección.
Atentos a la más pura actualidad, en el centro andaluz Séneca han puesto su sarcástica mira en la gripe aviar. En un local de la calle Portal de Vergara, Juan, Antonio, Vicente, José Manuel, Alfonso y Julio, rodillo en mano, han convertido un remolque de tractor en un coqueto gallinero donde sólo falta el pienso para los pollos.
Desde hace casi un mes, pasan tres horas diarias cuidando el más mínimo detalle. Sus expertas manos han creado casi una veintena de carrozas. «Hemos hecho desde unas vacas locas hasta arlequines o temas de la prensa rosa», desgrana Antonio Caballero. Experiencia que ha servido para acumular multitud de anécdotas. «En el 92 recreamos la bola de la Expo de Sevilla. Menudo trabajo, pesaba una tonelada y el día antes del desfile, nos dieron las cuatro de la mañana para pintarla», añade Juan Ruiz entre risas.
Admiten que supone «todo un orgullo» poder mostrar el fruto final de sus desvelos a todos los vitorianos, al igual que los bailes con los que 200 personas recorrerán las calles de la ciudad ataviadas de amarillo chillón. «Está todo el mundo muy ilusionado y practican los pasos con entusiasmo, incluso el de la Gallina Turuleca», desvela Antonio.
Mientras, en la calle Artapadura, otras seis agrupaciones comparten un local cedido por el Ayuntamiento. De apariencia modesta, el pabellón alberga en su interior una auténtica caja de sorpresas, en un viaje por el tiempo y la literatura. Los gigantes de viento de Don Quijote pelean el espacio con el mundo mágico de Peter Pan o el ambiente sensual de un harén en tonos verdes y dorados.
Carlos Fuente es uno de los artífices de esta obra, que acogerá a todo un sultán con su corte de odaliscas. Bien abrigado para combatir el frío del recinto, reconoce que hay que ser «un poco manitas» para llevar a buen término una estructura que, en un principio, sólo son líneas sobre un papel. Madera, hierro, cartón, papel y pintura son imprescindibles y más aún saber trabajar con todos ellos. Una tarea ardua que «al final sabe a poco, inviertes mucho tiempo para que sólo se luzca cuatro horas. Habría que ampliar los actos para que la gente pudiera verlas más», propone.
Herramientas y batuka
No obstante, admite que, a medida que se acerca el día, «la ilusión es mayor» y ya borda dos de los tres bailes con que deleitarán al público. Y para que nada falle en el último momento, un truco particular. «Llevamos una caja con herramientas para evitar que el decorado se rompa con tanto traqueteo», sonríe cómplice.
Cerca de él, los extremeños, reconvertidos por unos instantes en Astérix y Obélix se afanan en su diseño con aires egipcios. Tintes históricos pero algo más avanzados han adoptado también los integrantes de la asociación cultural Carpe Diem. Vuelven las pelucas de María Antonieta y los elegantes terciopelos de Luis XV, recreados en un atractivo jardín de Versalles.
Mar Resa es la encargada de pintar el decorado de cartón piedra, una labor a base de tiempo y esfuerzo. «Sarna con gusto no pica», refranea pincel en mano, aunque sí lamenta la falta de agua y aseos en el pabellón. Las quejas pronto se olvidan ante la expectación por demostrar el fruto de sus intensos ensayos.
«Tenemos diez bailes diferentes para que no sea tan aburrido», revela otro compañero de comparsa, Roberto Ramos. La gama abarca desde la ambientación medieval hasta los últimos éxitos del mercado, como Madonna o la batuka. Para bordarlos, los 300 niños y adultos han ensayado a fondo durante los últimos cinco domingos. Estos días, se impone el último sprint. La meta, una de las fiestas más cachondas y engañosas del año. Merece la pena.