Si a la ya caótica circulación diaria por esas calles, caótica para peatones y automovilistas, perros y gatos, damas y caballeros, se añade un cúmulo de deficiencias en lo que a la señalización se refiere, el resultado puede ser un desastre. Las autoescuelas han detectado 30 zonas mal señaladas, y ese dato parece insignificante pero no lo es: por un error de señalización puede causarse un problema perfectamente evitable. Como casi todos en estos casos.
Confusión en los mensajes, ausencia de señales, mala visibilidad o errores de índole surrealista (ese que autoriza un aparcamiento y lo prohíbe a la vez) son el pan nuestro de cada día en esta ciudad de los milagros. Luego llega el accidente y todo el mundo se lleva la cabeza a las manos o las manos a la cabeza, que para el caso es lo mismo o casi igual.
Lo que el ciudadano sólo exige es que las cosas se hagan bien para no tener que rectificar lo que ya no tiene remedio. Yo creo que no ha de ser tan difícil, pero igual peco de optimismo congénito. Hay denuncias de deficiencias en la calle que sólo se resuelven al cabo de cien años pudiendo haberse solventado en tres días con la mera aplicación del sentido común y de la eficiencia técnica. Bastaría con un poco de atención y un mucho de ganas de hacer las cosas bien, pero parece que no estamos por la labor.
Por eso pasa lo que pasa y hasta la Policía Municipal incumple sus deberes al no ponerse el cinturón de seguridad teniendo la obligación de hacerlo. Y hay más: los que deberían dar ejemplo a veces se comportan como los peores de la tribu.
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