Asier apenas hace preguntas. «Demasiada información para un día», le descubre el chef. El alumno de Diocesanas sonríe. Está impactado por el «impresionante» silencio de una cocina que, a la hora de almorzar, debería sonar a «una casa de locos»; maravillado con el carbón vegetal que Aduriz ha calcado a base de yuca cocida y teñida con maíz negro y tinta de calamar; em-briagado por la «sabiduría», la «sutileza» y la «claridad de ideas» de su pigmalión de lujo.
Aún quedan más sorpresas en la recámara de Aduriz. El cocinero le invita a subir a su oficina, una habitación con mesa, ordenador portátil y baldas trufadas de regalos de todo el mundo -muchos de Venezuela y Japón, donde le idolatran- y recuerdos, como una fotografía con Ferrán Adriá en los fogones de su exclusivo restaurante en Rosas, en donde trabajó dos años; un sombrero mexicano firmado por su admirado colega británico Heston Blumenthal y toda su familia; una viñeta dedicada por su amigo Álvarez Rabo...
De un cajón extrae un libro. «Esto es una joya. Tienes que buscarla y hacerte con una. Es la ciencia aplicada a la cocina. No tienes asegurado nada pero sabrás qué es qué y para qué se utiliza». Asier se apresura a ojear el tomo. Se titula 'Léxico científico gastronómico'. Toma buena nota y calla.
Aroma de 'plástico'
«Ahora te voy a enseñar uno de mis secretos mejor guardados. Creo que me estoy soltando demasiado», valora su dueños entre risas. Los ojos castaños del joven vitoriano se han despegado de sus cuencos. Aduriz muestra un cofre azul del tamaño de una caja de pañuelos de papel, la apoya en la mesa y la abre con suavidad para mostrar diminutos frascos de aromas imposibles: 'plástico', 'queso azul', 'ahumado', ¿'caliente'! «Los aromas parecen algo subjetivo, pero no lo son. Aquí están identificados. Cada recipiente contienen las propias moléculas de ese aroma», explica el chef. «Flipante», remata el aprendiz.
El aluvión de conocimientos aturde por momentos al estudiante, pero lo propulsa a una estado de «subidón». «Es como si estuvieras perdido y de pronto una brújula te marcara el Norte. Yo quiero ser cocinero», zanja.