Nicholas Evans escribió 'El hombre que susurraba al oído de los caballos', obra que llevada al cine dirigió e interpretó el galán estadounidense Robert Redford. De hacerse una versión más local, el papel debería corresponderle a Iñaki López Pérez de Onraita. Nacido en Okina y residente en Bernedo, este hombre corpulento y simpático de 33 años tiene palabras tiernas para cada equino. Y no trata a cualquiera. Su prestigio forjado en quince años de labor le ha convertido en el zapatero ideal para los caballos de 'alto standing'.
No en vano, Iñaki calza a ejemplares criados para las carreras, la doma clásica o los 'raids'. La fama merecida que se ha ganado, unida al hecho de quedarse como ejemplar único en Álava de un oficio tradicional -el de herrador-, le dilataron el mapa a lo largo y a lo ancho. Empezó trabajando en lugares diseminados por el territorio histórico, pero entre los picaderos funcionó el 'pásalo' hasta el punto de requerírsele en clubes hípicos de Vizcaya, Guipúzcoa, Navarra, Cantabria -al día siguiente de la charla debía trabajar en Laredo- y hasta Soria.
«Antes viajaba más, pero desde que nació la pequeña -Naia cumplirá tres años en junio y viene un chavalote en camino- echo menos noches fuera», Eso sí, arranca de Bernedo por la mañana y no vuelven a verle el pelo negro azabache hasta ya nacida la noche en el pueblo que parió al legendario Ogueta. Allí debía acabar viviendo un aficionado a la pelota. Sus manazas, más propias para desenvolverse en el frontis, engañan. A los pies de los caballos las usa con una delicadeza casi romántica.
A Francia
Iñaki nació en Okina, una aldea al final del puerto y vigilada por montes en todo su alrededor donde termina la carretera que debía unirle a Sáseta, ya en Treviño. La estampa apropiada para criar ganado porque allí a cada familia le corresponden centenares de cabezas. Muchas vacas, muchísimas ovejas y también espacio para las yeguas. Su implicación con los animales cabe encontrarla en la genética. «El amor a los caballos lo tengo desde siempre. Nací con ello». «¿Que si se les puede querer? Sí, y mucho. Si no, no sería herrador». Es uno de los organizadores habituales del Día del Caballo, festividad anual que se reparten los pueblos de la Montaña alavesa.
Los equinos y él mantienen una relación cómplice, más allá de la que se genera entre empresario y clientes. «Veo muy fácil si un caballo está a gusto conmigo o no, si está de buenas o de malas». Pocos se resisten a su embrujo, aunque la profesión deja huellas de arrebatos furiosos. «Sustos he tenido muchos, esos no te los quita nadie». Pero él teme más a la enfermedad propia de su trabajo, la hernia discal. «La espalda soporta muchos pesos y se acaba notando».
Título en condiciones
Los herradores se cuentan con los dedos de una mano en cientos de kilómetros a la redonda, pero titulados 'en condiciones' basta el índice para apuntar a Iñaki. Antes surgían por la inercia de la transmisión familar. Él optó por el camino ortodoxo y con dieciocho años viajó a Château-Chinon, el lugar donde enterraron a Francois Miterrand.
Los franceses, más cartesianos, sí disponían de la titulación 'maestro herrador', la que consiguió Iñaki con los mayores alabanzas. «Yo tenía claro que quería ponerme en este mundillo a un nivel profesional para montar o herrar. Y me fui para allá». Cuando sus compañeros, de procedencias muy diversas, se tomaban el fin de semana, él permanecía con los caballos, observando sus pezuñas y susurrándoles al oído.
Iñaki anda convencido de que su elección es 'sine die'. «Da para vivir y no me planteo otra cosa. Cuando no pueda herrar me dedicará a enseñar, pero siempre estaré en esto». De momento ya cuenta con un aprendiz. Suerte tiene el chico por semejante maestro. Eso dicen los caballos.