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Martes, 21 de febrero de 2006
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El de Júndiz aspira a ser el polígono industrial del País Vasco con mejores servicios y los pasos que está dando son contundentes: oficinas bancarias, módulos comerciales con vistas a la carretera, bares y restaurantes, campos de golf, guarderías, gimnasios y balnearios van a componer un conglomerado urbano equivalente a una ciudad en miniatura. Todo sea para que trabajar resulte una tarea más placentera,o menos torturadora, de lo habitual. Si eso es posible, naturalmente.

Nos estamos convirtiendo en una ciudad admirable, aunque de vez en cuando se nos vean las costuras y el culo, con perdón, se quede al aire. El proyecto del área de servicios de Júndiz es un ejemplo de que somos capaces de construir espacios más que dignos, aunque a veces sean la excepción que confirma la regla. Porque hay que reconocer que por cada proyecto espléndido pueden darse media docena de esperpentos de difícil remedio. Supongo que las leyes de la lógica urbana funcionan así, y hay abundante bibliografía al respecto.

Tranquiliza lo que dicen los promotores de la obra al asegurar que no aceptarán cualquier oferta y que lo que buscan es calidad. Sé que se trata de una mera declaración de intenciones, pero si se toma en serio podemos estar satisfechos. Quien esto escribe confiesa su pavor ante las declaraciones de intenciones, pero suele alegrarse marcadamente cuando se cumplen. Es lo menos que se puede pedir en esta, y en otras, capitales de los milagros que nunca se cumplen. O casi nunca, porque tampoco es cuestión de ponerse pesimista sin razón tangible.

Ideas como la del área de servicios de Júndiz revelan al menos que no estamos parados viendo el tránsito aéreo de las nubes. Recemos nuestras oraciones laicas para que todo salga bien y a su hora. Que es lo menos que puede pedirse.

c.p.uralde@diario-elcorreo.com



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