Hoy, 22 de febrero, conmemoramos el sexto aniversario del asesinato a manos de la organización terrorista ETA de Fernando Buesa, portavoz socialista en el Parlamento vasco, y de su escolta Jorge Díez Elorza. Asesinados por defender la libertad, la democracia y el Estado de Derecho plasmado en la Constitución de 1978 y en el Estatuto de Gernika.
Y han sido seis años de dolor, de vacío sin odio, de memoria, de exigencia de justicia y de continuación de su trabajo.
De dolor en primer lugar para la familia y para sus amigos. También para todas las personas de buena voluntad, para todos los demócratas vascos por el asesinato vil y cobarde de un servidor público como fue Fernando y de su escolta Jorge. Dolor que el tiempo mitiga pero que no desaparece. En palabras de Bárbara Durkhop: «Vas aprendiendo poco a poco a convivir con el dolor».
De vacío, como expresaba su hija Marta con serenidad y firmeza unos días después de su asesinato: «No sentimos odio, ni rencor, sino el inmenso vacío que deja el asesinato de nuestro padre». Como expresamos en esos días todos sus amigos y compañeros. Porque los vacíos que se crean cuando alguien desaparece son proporcionales a la grandeza humana, y en este caso también política, de quien nos deja.
Y como expresaban sus hijos, vacío sin odio, sin venganza, sin revanchismo, canalizando nuestra legítima rebeldía, nuestra rabia contenida y nuestro legítimo rechazo por las vías de la justicia y del Estado de Derecho y no por las del 'ojo por ojo y diente por diente'. Confiando en las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado, Ertzaintza incluida, para la detención y puesta a disposición de la justicia de los asesinos, como se ha hecho.
Han sido seis años de memoria, que hemos querido mantener su familia y sus amigos y compañeros a través de la fundación que lleva su nombre y que pretende seguir trabajando por los mismos valores que él defendió: la vida como bien supremo, la libertad, la democracia, el pluralismo, la tolerancia, la igualdad como buen socialista, el respeto al adversario político y el diálogo 'hasta el amanecer'. Cuántas madrugadas pasó Fernando negociando pactos.
Mantener su memoria supone también el ponernos todos los días frente al espejo de sus valores como servidor público, como alguien que dignificó el «noble oficio de la política», como a él le gustaba decir. Los valores de alguien que abandonó una brillante carrera profesional para dedicarse en cuerpo y alma al servicio de los ciudadanos. Y que se alejó de su despacho profesional para asumir el riesgo que conllevaba y conlleva la defensa de sus ideas en el País Vasco. Y por ellas le asesinaron.
Fernando fue un servidor público eficaz, honesto, trabajador, brillante y educado. Trabajador incansable como conocemos sus colaboradores, con el grave 'defecto' de no saber decir que no. Por eso las cuestiones más espinosas y enrevesadas solían terminar siempre en la mesa de Fernando.
Servidor público leal. Félix Ormazábal, su adversario político de toda la vida, nos decía con relación a algún asunto conflictivo: «Me basta una palabra de Fernando». Y eso sí es palabra de vasco.
Servidor público brillante en la tribuna, combinando el análisis, la profundidad, la coherencia y la claridad en los contenidos con la brillantez y una educación exquisita en las formas.
Fernando personificó como pocos responsables públicos el concepto de 'autoritas', además de ejercer con eficacia la 'potestas' desde sus diferentes responsabilidades. Y hoy que vivimos tiempos convulsos en los que se entremezclan la esperanza en el fin del terrorismo y el desasosiego ante la incertidumbre de no saber cuándo llegará, ni cómo será ese final, es importante dirigirnos a personas con 'autoritas' para recabar su opinión. Fernando no nos la puede dar porque sus asesinos acallaron su voz, pero nunca podrán acallar su palabra. Por eso considero muy oportuno releer las palabras que el mismo Fernando pronunció en las Juntas Generales de Álava en julio de 1999, unos meses antes de su asesinato.
Decía Fernando: «Construir la paz... Paz que exige renuncia a utilizar la violencia y el terrorismo como instrumentos para conseguir fines políticos. Paz que exige la disolución de ETA y la desaparición de la violencia callejera. Paz que requiere justicia para las víctimas inocentes de tanta barbarie. Paz que reclama reparación por los daños causados. Paz que necesita reconciliación y oportunidades de reinserción para quienes causaron víctimas y daños... Paz con generosidad pero sin precio político».