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Jueves, 23 de febrero de 2006
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Homeopatía
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Como es conocido, la homeopatía es el procedimiento curativo que aplica a las enfermedades, en dosis pequeñas, las mismas sustancias que, en dosis elevadas, producirían en el ser humano síntomas semejantes a los que se trata de combatir. Así, en cierto sentido, la intentona golpista del 23 de febrero de 1981, de la que hoy se cumplen veinticinco años, actuó como medicina homeopática: el régimen democrático, tan vacilante hasta aquel momento por la amenaza de los diversos extremismos, se consolidó definitiva e irreversiblemente aquel día infausto en que, merced al alarde circense de Tejero, todo estuvo a punto de venirse abajo.

La cuartelada del 23-F llegó ciertamente en el momento más crítico de la incierta aventura democrática. Adolfo Suárez, la gran figura que, con el Rey, alentó la reforma que permitió alumbrar la magnífica Constitución de 1978, acababa de dimitir y las Cortes investían, en un ambiente de grave incertidumbre, a su sucesor, el hierático Leopoldo Calvo-Sotelo. El jovencísimo sistema se tambaleaba: ETA mantenía una actividad sobrecogedora, con la clara intención de que la situación se volviera insoportable para los 'poderes fácticos' -eufemismo que hacía referencia sobre todo al Ejército-, de modo que éstos provocaran una involución. El malestar en los cuarteles, donde todavía mandaban generales curtidos en la Guerra Civil, se había hecho ostensible desde tiempo atrás -el propio Tejero ya era conocido por su participación en otra intentona, ésta frustrada, la 'operación Galaxia'-, y, en un rapto de desconcierto, parte de la clase política y del sistema mediático hablaban sin ambages de la conveniencia de promover 'gobiernos de concentración' con 'independientes' a su cabeza para salvar la manifiesta crisis del incipiente sistema. Era la hora de los conspiradores, y uno de ellos, el melifluo general Armada, próximo al Rey, sucumbió a la tentación. Los entresijos del 23-F, pese a la profusión de bibliografía, son aún mal conocidos pero es indudable que los generales Armada y Miláns del Bosch fueron los principales promotores del golpe.

La benéfica acción homeopática del 23-F se manifestó, además de en la consolidación definitiva del sistema democrático, en otros dos sentidos. En primer lugar, la cuartelada afirmó por completo y para siempre la institución monárquica en su nicho constitucional. El papel desempeñado por el Rey Juan Carlos en el desmontaje de la iniciativa golpista le congració con los sectores sociales que no habían sintonizado aún con la Corona y levantó una oleada de gratitud que todavía dura y que ha engendrado además el fundamento racional del monarquismo: en un país como éste, temeroso de su historia y con dificultades permanentes para organizar su propia diversidad, la existencia de una institución superior, al margen de la política concreta y constantemente atenta a ejercer las funciones de arbitraje y moderación que la Constitución le impone, resulta una sólida garantía de estabilidad para el sistema político y para el sistema social.

En segundo lugar, y en otro orden de ideas, es claro que el 23-F sirvió también para 'centrar' el gran debate interno de la política española, expulsando los radicalismos. Ya Manuel Fraga, en los primeros setenta, había escorzado su 'teoría del centro' en un famoso libro, 'Legitimidad y representación', que sirvió a muchos de iniciación a las nacientes ideas democráticas en aquella época tormentosa; la invención del 'centro' era evidentemente la construcción de un eufemismo susceptible de amparar y de ser utilizado por la nueva derecha democrática para diferenciarse de la antigua derecha autoritaria, franquista. Pero fue aquella intentona golpista, fruto claramente de una alianza entre la reacción militar y la extrema derecha civil, la que desacreditó para siempre los extremismos neoconservadores. A partir del golpe, la extrema derecha perdió en España toda oportunidad. E incluso el término 'derecha' pasó a utilizarse con grandes reservas y preferentemente como adjetivo: el debate se había establecido entre el centro-derecha y el centro-izquierda. La centralidad anclaba las palabras en la respetabilidad.

Pese a estas 'virtudes' del 23-F, que podrían englobarse en el sabio contenido del 'no hay mal que por bien no venga' que enriquece nuestro rico refranero, es claro que aquel episodio no puede considerarse un hito brillante de nuestra historia. La estampa primitiva, poderosamente anacrónica, brutal de los guardias civiles sometiendo al Congreso de los Diputados es repugnante y aún pesa sobre el prestigio y el crédito de nuestro país. Hoy es impensable que se reitere un drama como aquél, pero no por ello debería perderse de vista que la democracia es un modelo sutil de convivencia en el que no sólo la fuerza ha de ser erradicada: también el odio, la enemistad ciega y recalcitrante, el exabrupto y el dicterio que descalifican al adversario. También estos ingredientes deterioran, aunque no matan, la democracia.



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