Existe una tramposa, maniquea y tendenciosa moral refranera que sirve a las mentes más arcaicas como rama ideológica de donde colgar su escasa capacidad de raciocinio. El pensamiento filosófico se resume en el refrán y si existe un hueco en semejante sistema filosófico, se rellena con el tópico. Y si falla el refrán siempre queda el consuelo de toparse con otro que afirme lo contrario mientras los tópicos van adaptándose, lentamente, a la nueva inmoralidad social, es decir, según la cara de la tortilla.
El teólogo valenciano, cura jubilado con 'mono' de homilías sangrantes y altisonantes, que acusaba a las mujeres de «provocar» que las muelan a palos a base de poner nervioso al macho proveedor sirve como eximio ejemplo de prototipo, con cátedra incluida. Convencida estoy de que este catedrático unineuronal recita aquella letanía medieval dedicada a las féminas: 'Vaso de lujuria, recipiente de concupiscencia, hija de Eva pecadora, aguijón de hombres...'.
Cuando me encuentro con primates parlantes de este calibre no termino de imaginar la cara de sus madres ni lo mucho que llegaron a provocarles o adorarles hasta convertirlos en semejante dechado de prepotencia irracional. ¿Cómo se puede salir de vientre de mujer y profanarlo sin ruborizarse?
Este individuo es hijo directo y predilecto del refrán fácil como modo de explicación del mundo y del tópico como axioma de verdad irrefutable. Lo malo es que abundan estos sujetos, y si no, veamos unos cuantos ejemplos cotidianos de verdades absolutas: El que la hace la paga, naturalmente a condición de que no sea dueño de un banco o especulador inmobiliario o presidente del Imperio. Los demócratas no torturan y, cuando se muestran horrores como los cometidos por soldados ingleses y norteamericanos, se trata de casos aislados y no representativos. No hay mal que cien años dure; pues que se lo pregunten a continentes enteros, explotados, humillados, expoliados y carbonizados por nuestra refinada civilización.
Una sociedad demuestra su debilidad cuando logra vivir alimentada por semejantes verdades y adornada por la banalidad de personajes públicos a quienes se concede cancha para explayarse. Los ciudadanos van engordando con semejante alimento hasta llegar a la obesidad cerebral mórbida que los incapacita para racionalizar y los convierte en presa fácil de cualquier especulador enloquecido.