De niña, Marisa Paredes espiaba desde la portería de su madre, en la madrileña plaza de Santa Ana, a los actores que salían del Teatro Español. A los doce años la metieron en la costura, y desfilaba ante las señoras como si fuera una modelo. Cuando la segunda actriz del Teatro de la Comedia enfermó, la hija de Petra y Lucio se subió por primera vez a un escenario. Tenía catorce años, y desde entonces no se ha bajado.
Almodóvar, 'La vida es bella' y la presidencia de la Academia del Cine Español todavía tardarían en llegar. Antes hubo mucho teatro de autor, mucho Estudio 1 televisivo, películas que olvida al repasar su filmografía -'La tía de Carlos en minifalda', 'El señorito y la seductoras'- y una hija a los 29 años con el director Antonio Isasi-Isasmendi, hoy actriz. El próximo 3 de abril, Marisa Paredes cumple 60 años, y no se le ocurre mejor regalo que el 'Hamlet' de Lluís Pasqual en el Arriaga bilbaíno.
-Su imagen permanece envuelta en un aura de sofisticación, pero usted proviene de una familia humilde.
-Superhumilde. Afortunadamente, no sólo el dinero te hace elegante. Yo siempre me acuerdo de mi abuelo, que era un hombre de campo, pobre pero de una gran dignidad, siempre elegante, siempre alegre pese a lo que le había tocado. Mi familia ha estado muy unida. En las Nochebuenas, aunque sólo hubiera un pollo en pepitoria, nos reuníamos felices.
-¿De dónde le viene entonces el glamour?
-Siempre he tenido un aspecto más o menos sofisticado, pero no ha partido de mí misma, de dentro. Ha sido una especie de reacción: '¿por qué nosotros no y otros sí? Siempre he querido que mi interior y mi exterior tuvieran algo propio de los elegantes.
-¿A qué aspiraba cuando debutó en el teatro siendo una cría?
-Mis sueños en aquel momento no eran llegar a ser protagonista. Me interesaba que el teatro me diera todo lo que no me proporcionaba la realidad. Allí podía ser una reina. Mi imaginación volaba ante la posibilidad de encerrarme en una sala y, con el tiempo, hacerme regidora, decoradora Mi ilusión era tal que tenía que quedarme como fuera. Yo he sido actriz desde que he sido persona.
-¿Y eso?
-No he hecho otra cosa, no sabría hacer nada más. Me parezco a mi personaje de 'Todo sobre mi madre' cuando decía: 'Mi vida sólo es humo'.
-¿No ha sentido envidia porque su hija lo haya tenido más fácil que usted?
-No lo está teniendo nada fácil, aunque yo haya sido más comprensiva con ella que lo que fueron conmigo. La veía actuar en el colegio, en la universidad, pero cuando me dijo que quería ser actriz me dio Iba a decir pena, pero no. Me dio miedo, porque sabía por lo que iba a pasar. En esta profesión no basta el talento: hay que tener suerte y llegar en el momento justo. A María se lo ponen más difícil por ser hija de quien es.
-¿Podría vivir sin trabajar?
-No. Hace un par de años me sentí muy cansada. Muchos estrenos, muchos nervios, muchos placeres No tenía ganas de nada, me daba pavor trabajar. Y una íntima amiga mía, la guionista Lola Salvador, me preguntó: '¿Te quieres retirar? Bien. ¿Cuánto dinero tienes en el banco? ¿Puedes desaparecer como Greta Garbo a los cuarenta y cuatro?'. Y, claro, era imposible. No conozco a ningún actor español que sea rico. Este oficio no da para eso.
-Ahí sigue, con ochenta años, José Luis López Vázquez.
-Las pensiones que nos quedan a los actores, como al resto de ciudadanos, son de miseria, porque nuestros ingresos son irregulares. Asunción Balaguer me contó en un homenaje a Paco Rabal que vivían con 48.000 pesetas. Ahora te dan unos pequeñísimos derechos cuando pasan una película tuya, una miseria. Pero, aparte del dinero, hay una necesidad del alma por trabajar. Yo conocí a Maruchi Fresno, y su gran ilusión era que no se olvidaran de ella, que la llamaran para una película o una obra de teatro. Es como un fuego del que no quieres salir.
Sentimiento maternal
-¿Qué imagen cree que tiene la gente de usted?
-No se lo he preguntado. Pienso que les llega mi manera de trabajar, porque para mí lo importante son los contrastes de los personajes, que no sean buenos ni malos, como en la vida misma. No me quiero poner ninguna medalla, pero mantengo una cierta pureza que me permite renunciar al dinero si el proyecto no me interesa. Por eso no hago televisión. Intento transmitir naturalidad, a pesar de que me vean sofisticada. Cuando entrego un Goya me arreglo, pero por la calle voy en vaqueros.
-¿Cuál es su definición de diva?
-Alguien que considera que está por encima de todos, inalcanzable. Divas son los Stones, los futbolistas Yo no me considero por encima de nadie, no tengo ese misterio de no acercarme a quienes me admiran.
-¿Alguna vez una pareja suya le ha propuesto dejar de trabajar?
-Nunca, porque saben que eso sería ponerme en una situación incómoda. Tendría que pasar algo muy grave para que lo dejara. Sólo me retiré cuando María nació. Tenía 29 años, y un cierto prestigio en el oficio. Supe que tenía que dejarlo por un sentimiento materno muy fuerte. Y luego regresé, porque, en este trabajo, si no te ven es difícil que se acuerden de ti.
-Nunca se ha casado.
-Cuando era más joven sólo existía el matrimonio religioso y no había divorcio. Los actores ya teníamos muy claro que, si no aguantábamos a una persona, nos separábamos y se acabó. Tomé una actitud rebelde: no me voy a casar porque ustedes lo digan, porque promulguen el matrimonio para siempre.