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Jueves, 23 de febrero de 2006
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De paso por el Aconcagua
Ángel Pérez hace cumbre en la mítica cima argentina después de haber hollado meses antes en el Kilimanjaro y sueña conseguir un 'ochomil'
PASO PREVIO. Ángel Pérez celebra en la cima del Kilimanjaro su primer éxito, a 5.895 metros, sobre la sabana africana. / EL CORREO
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LOS DATOS
Nombre: Ángel Pérez.

Nacimiento: Haro, 20 de junio de 1961.

Profesión: empresario hostelero (es propietario del restaurante La Vieja Bodega).

Inicio en el montañismo: 1999.

Principales cumbres: Aconcagua, Kilimanjaro, Toucal, Naranjo de Bulmes (cara sur), Torres de paines y 'trek' por el Anapurna.

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La montaña es caprichosa, absorbente; como una mujer que guarda celosa todos sus encantos, que apenas deja entreverlos para atrapar a su presa. Y hay presas que se dejan llevar, cautivadas. «Después de una cima siempre hay otro reto y otro más. El oxígeno en altura engancha porque es más puro y la mirada más limpia». Hollar, en apenas tres meses, las cumbres del Kilimanjaro en África y el Aconcagua en América no constituyen, en opinión de Ángel Pérez, sino un paso más en el proceso de aprendizaje de una víctima del mal de altura al que logró vencer en los Andes.

«El siguiente es acercarse al Himalaya», con el que ya tuvo una primera toma de contacto años atrás, cuando sólo sentía un leve cosquilleo, y asomarse desde abajo a la cumbre de un 'ochomil', realizar la vuelta del glaciar Baltoro y hacer ronda por la cima del Montblanc. «El cuerpo», asegura entusiasmado el montañero jarrero tras la conquista del Aconcagua, «pide más».

No es de extrañar. Ángel Pérez (Haro, 1961) recuperó el gusto por la cuesta arriba en 1999, rememorando la sensación de vértigo que le había acompañado desde la quincena. Y desde entonces no ha parado, a pesar de las tretas que ha llegado a jugarle la cima americana, hasta la última semana una bestia negra. Hace dos años la atacó junto a la estela de Juan Oiarzabal, a un ritmo frenético y con poco tiempo de adaptación, y acabó con mal de altura, «totalmente rendido». Al siguiente fue su compañero de escapada el que pagó esa misma factura y renunció a la cumbre. Esta vez la miró de largo desde Mendoza, se sumó a una expedición abierta e inició en el campo base, a más de 4.400 metros de altitud, un periodo de adaptación que le llevó, con paso por tres campamentos intermedios, a 6.962 metros sobre el nivel del mar. El asalto se inició a las 6 de la mañana, con 30 grados bajo cero, y concluyó con éxito a las dos de la tarde.

A cielo abierto

«Sentí», recuerda, «una alegría multiplicada por tres» tras los fiascos de los intentos anteriores. «Y tuvimos el lujo de poder estar una hora en la cima, sin guantes ni gorro, con el cielo completamente abierto, disfrutando de la vista como locos». El mito andino, una montaña situada en el hemisfero sur donde se acentúa la falta de oxígeno y las tormentas y ventiscas aparecen por arte de magia, había caído rendida a sus pies.

En otro caso, la cumbre habría supuesto el final de un reto. Para Ángel es un episodio más, al que llegó después de merendarse en 4 días las rampas volcánicas del Kilimanjaro (Tanzania, 5.895 metros), allá en noviembre; y de asomarse a los precipicios del Naranjo de Bulmes que encaró con Simón Elías por la cara sur, afinando sus conocimientos de escalada; y de rematar el Pico Bolívar en Venezuela; y de llegarse a la cresta de Aspe por la Cuesta del Murciélago. Lo difícil es saber cuál será el siguiente paso, «porque habra más. Es lo único que tengo claro», dice.



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