La bomba que explotó a primera hora de la tarde de ayer en el barrio bilbaíno de Bolueta ha sido la última muestra de la extorsión que ETA viene ejerciendo mediante la destrucción de empresas y medios materiales en atentados que ponen en grave peligro la integridad de las personas. Sería un grave error considerar la campaña terrorista como una muestra de 'violencia difusa' tras los mil días sin atentados mortales. Y más grave aún contemplar las bombas de la extorsión con la mirada indiferente a la que la izquierda abertzale continúa invitando a la sociedad vasca. El estruendo de ayer subrayó la indecente desfachatez de las palabras del secretario general de LAB, Rafael Díez, que dos días antes había puesto en duda la coacción que soportan empresarios y profesionales, convertidos en objeto preferente de la actividad terrorista. Pero con esos atentados ETA no sólo trata de recaudar fondos para seguir en el crimen; sobre todo quiere erigirse en un poder mafioso intentando acostumbrar a la sociedad a la presencia del matonismo terrorista como parte de un paisaje que acompañe a sus exigencias fundamentalistas.
El 16 de septiembre de 1998 ETA anunció «una suspensión ilimitada de sus acciones armadas, limitándose únicamente sus funciones a las tareas habituales de suministro». Tal apostilla invita a recordar que hasta ahora ETA jamás ha insinuado ni ha contemplado en sus escritos internos la posibilidad de que un día pudiera dejar de existir. Ni siquiera que pudiera dejar de aplicar la coacción física y sus métodos de persecución ideológica. La sombra que atentados como el de ayer proyectan sobre la esperanza de un final más o menos próximo del terrorismo no se acaba en los efectos inmediatos de la deflagración, sino que revela el problema de fondo: el empeño terrorista en seguir condicionando la vida política y violentando la convivencia en Euskadi. Son los hechos del terrorismo los que lo atestiguan, por encima de las siempre equívocas y engañosas palabras de sus apologetas. Ahora que, a pesar del jarro de agua fría del comunicado etarra del sábado pasado, el deseo de acariciar la expectativa de un cese del terrorismo continúa presente en amplios sectores de la opinión pública es necesario recordar -e insistir en ello- que la sociedad no necesita y demanda una tregua, sino la definitiva desaparición del terrorismo.