El tercer atentado de ETA en apenas una semana contra intereses empresariales, tras las bombas que hizo estallar en Urdax y Trapagaran, ha resquebrajado un poco más la confianza del colectivo en la hipotética apertura de un proceso de paz y ha incrementado su hartazgo ante la evidencia de que ellos constituyen, hoy por hoy, el objetivo prioritario de la organización terrorista. El artefacto que sacudió las instalaciones en Bolueta de Barrenechea y Goiri ha reafirmado a los industriales en su preocupación -transmitida por distintos cauces al Gobierno socialista y a los partidos-, temerosos de que las coacciones que sufren queden minimizadas ante las expectativas aireadas sobre el final de la violencia.
El atentado, que ha afectado a dos familias muy arraigadas en el entramado empresarial vasco -una de ellas vinculada al nacionalismo-, se produjo en un contexto muy enturbiado: la víspera, las organizaciones profesionales habían reprochado con dureza las dudas sembradas por el líder de LAB y uno de los puntales del independentismo radical, Rafa Díez Usabiaga, sobre la intensificación de la extorsión; unas palabras que el sindicato matizó horas más tarde. El Círculo de Empresarios cerró ayer su comunicado de condena subrayando que mientras los representantes de la izquierda abertzale no reconozcan la existencia de estas «'taras' democráticas», «será muy difícil que ETA y su mundo próximo cuelguen las armas y apuesten por la convivencia y la modernidad civilizada».
Ese desánimo fue compartido por la patronal vasca. Una vez constatado el «nulo respeto de los violentos por los derechos y libertades más básicos», Confebask advirtió de que la persistencia de los atentados «inducen al desaliento y ensombrecen las expectativas de paz que se intentan generar» en la sociedad de Euskadi. La confederación empresarial exigió a renglón seguido «el cese inmediato y total de la actividad armada» para que «podamos todos pensar que hay un camino de esperanza efectivo del que ninguna víctima queda excluida»; lo que supone un reconocimiento implícito de la inquietud que anida en el colectivo.
«Lastre terrible»
Confebask transmitió su solidaridad, cercanía y respeto tanto a los responsables de la firma atacada como a sus trabajadores, un gesto que compartieron la patronal vizcaína Cebek -que enfatizó el «lastre terribe» que supone la pervivencia del terrorismo para Euskadi- y el Círculo, que ve en el «nuevo e inaceptable» atentado «la palpable demostración» de que ETA y «sus afines» tienen como «asignaturas pendientes» el respeto a la libertad, la aceptación de la democracia y la sustitución del terror por una voluntad real de poner fin a la violencia. «Es evidente que este tipo de actuaciones dificultan la consecución de un escenario de paz», remató la Federación del Metal, a la que pertenece Barrenechea y Goiri.
Los colectivos empresariales incluyeron en sus mensajes de condena una cuestión que no es menor: la reivindicación de la labor que realizan los industriales y los trabajadores víctimas de los efectos de la extorsión, en un intento de desarmar las posibles pretensiones de justificar el cobro del 'impuesto revolucionario'. Confebask, en una línea en la que abundaron Cebek y el Círculo, ensalzó expresamente «la entereza, firmeza y compromiso» con el desarrollo de Euskadi de los que están haciendo gala quienes «soportan el chantaje y la amenaza permanente».
ELA, el sindicato mayoritario en la comunidad autónoma, se sumó a la repulsa con una nota en la que remarcó «el peligro» que entraña colocar una bomba en «un centro de trabajo, en horas de trabajo». La central, que reclamó el fin de «la estrategia del atentado y la coacción», hizo hincapié en el perjuicio creado ya a los trabajadores al verse paralizada forzosamente la actividad de la empresa. Fuentes de UGT también reprobaron lo ocurrido y volvieron a reclamar a ETA el abandono de las armas.