Barrenechea y Goiri, donde trabajan 49 personas, se asentó en el barrio bilbaíno de Bolueta en la década de los treinta y desde su fundación mantiene los propietarios «de siempre», según subrayaron ayer los trabajadores de la compañía mientras se arremolinaban en el cordón policial tras la explosión de la bomba que dañó seriamente las instalaciones.
La congoja atenazaba a los empleados que, ante la potencia de la deflagración, esperaban ansiosos que les dejaran ver el estado de las dependencias con el temor de no poder volver a ocupar sus puestos de trabajo. «Ahora mismo no sabemos si seguiremos trabajando o nos iremos a la calle», aventuraban. Dos mujeres sufrieron un ataque de ansiedad y tuvieron que ser atendidas por sanitarios de Osakidetza.
Otras dos se consolaban mutuamente, al tiempo que una de ellas recriminaba a los autores del atentado que «están jugando con el pan de mucha gente». «Bastante dura es la vida ya como para estar así», denunció.
Los trabajadores de los dos turnos -que cambiaba a las 13.45 horas- se cruzaron en la empresa y mientras que a unos les cogió el aviso de bomba en la compañía, otros lo vieron por televisión en los bares cercanos en los que se habían quedado a comer. Tras la detonación, la mayoría se fue reuniendo en el mismo lugar, ya que el desalojo les había desperdigado.
El reencuentro provocó algunas lágrimas de emoción y otras de rabia contenida. Los operarios comenzaron a intercambiar impresiones mientras contemplaban absortos, desde la distancia y desde distintos ángulos, el estado en el que había quedado la empresa, ubicada en un polígono donde tienen sus instalaciones otras veinte compañías. «El tejado está descojonado. La han liado gorda. Nos han jodido», expresó uno de ellos.
«¿Está aquí!»
La detonación del artefacto, seguida en directo por numerosos vecinos y medios de comunicación, y que levantó una gran nube de polvo, abrió dos boquetes en la primera planta del edificio, uno de ellos en la fachada principal. La onda expansiva derribó varios tabiques y redujo a escombros parte del primer piso, en el que se ubican las oficinas, así como la zona de las escaleras. El portón principal, en la planta baja, fue arrancado de cuajo.
Otros empleados relataban nerviosos el modo en el que se produjo el desalojo. «Yo estaba en el torno, he salido a medir una pieza y no había nadie. De repente, ha aparecido la Ertzaintza para que abandonáramos la fábrica», explicó.
Pedro Corredor fue mucho más preciso. «Acabábamos de entrar en nuestro turno y hacia las dos ha venido la Ertzaintza para advertirnos del aviso de bomba. He subido a ver si quedaba alguien en las oficinas y detrás venía un ertzaina que ha gritado ¿está aquí! Viendo cómo ha quedado la puerta principal no quiero imaginarme cómo estará mi coche, que estaba al lado», apuntó.