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Sábado, 25 de febrero de 2006
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ÁLAVA
Un grupo de jóvenes «atemoriza» a los usuarios del comedor de Desamparados
Los empleados critican la «inseguridad» y denuncian la agresión a un monitor «Vienen borrachos y drogados»
SERVICIO. Usuarios ajenos a la información comen en la parroquia de Desamparados. / IGOR AIZPURU
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Los usuarios y empleados del comedor de la parroquia de Desamparados de Vitoria viven «una situación límite» por el comportamiento de un grupo de indigentes, la mayoría magrebíes, que acuden a diario al centro y «nos atemorizan». El último incidente tuvo lugar el pasado lunes por la noche, cuando varios jóvenes «totalmente ebrios» se negaron a abandonar el servicio. Se saldó con la detención de dos de ellos que intentaron agredir a los agentes de la Policía Municipal que trataban de poner orden.

La delicada situación del comedor se traduce en insultos, amenazas, incumplimiento de las normas e incluso agresiones, según relataron ayer a EL CORREO varios usuarios y trabajadores. De hecho, el pasado mes de diciembre un monitor denunció a uno de los alborotadores que le propinó un puñetazo en medio de una refriega. Desde entonces, ha sido increpado en varias ocasiones.

El polémico grupo está formado por una decena de inmigrantes que «no van en grupo» pero suelen coincidir en los soportales de la plaza de Abastos, un lugar que según los comerciantes «ya se ha convertido en su gueto».

Drogas

«Llegan borrachos, drogados y es imposible tratar con ellos», relata un educador encargado de que se cumplan las normas de funcionamiento del comedor desde hace seis meses. Su desesperación es tal que reconoce que se está planteando seriamente abandonar su puesto. «No puedo más, yo sólo utilizo palabras para intentar disuadirles pero hay gente que no atiende a razones».

Los usuarios del servicio mantienen extremas reservas a la hora de contar lo que viven por miedo a las posibles represalias. «Aquí debería existir mucho más control. Tiran las bandejas, piden comida gratis e insultan. Corremos peligro, pero es mejor no decir nada», susurra un jubilado que no tarda ni un minuto en ser reprendido por uno de los jóvenes que acaba de llegar al lugar y se da cuenta de la presencia de un periodista. «A ver qué dices», le advierte. A una de las mujeres asiduas al comedor le «da igual lo que hagan, pero que no vengan drogados. Entran y aspiran por la nariz una especie de bolas que huelen a disolvente».

El servicio está coordinado por las hermanas Esclavas de Cristo Rey. Su responsable, sor María Dolores, explica que «la gente está dejando de venir por culpa de las broncas que montan unos pocos. Este comedor lleva más de treinta años funcionando y tiene su prestigio por la buena labor social que hace. Lo que está pasando es una pena».

La religiosa siente «impotencia» porque no puede hacer «nada más». Sus llamadas a la Policía Municipal son continuas. «Los agentes sacan a los chavales con mucha educación y no podemos reprocharles nada. Pero quizá deberían vigilar más esta zona». Lo dice mientras prepara unos nuevos carteles con las normas del local, que prohíben sentarse a la mesa bajo el efecto de las drogas, provocar peleas o fumar. «El otro día uno de ellos los arrancó todos. Ya no respetan nada».

Cerca de ella, un trabajador identifica a uno de los jóvenes detenidos el lunes. Acaba de entrar por la puerta y se le cambia la cara. «A ver qué pasa», dice con resignación. 170 personas comen y cenan a diario en el comedor de Desamparados.



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