Recorrer las vías urbanas puede parecerse mucho al vía crucis que supone la pista americana, ese recorrido torturante del que uno suele salir con el ánimo roto y con ganas de romperle la cara a alguien, a ser posible con un guante de acero. Me estoy refiriendo a la infinita cantidad de obstáculos que por tierra, mar y aire tiene uno que evitar tanto si va en coche como si utiliza sus delicados pies para trasladarse por esas calles: la autoridad competente ha extremado tanto su celo, a veces hasta extremos de locura normativa, que ir por ahí en coche o a pie se ha convertido en un ejercicio de supervivencia del que uno sale con los nervios en estado de frenesí o con deseos incontrolables de cometer un crimen. Esta última opción no es en absoluto recomendable, sobre todo si se piensa en el muerto o en las consecuencias penales para el vivo.
Rampas absurdas, bolardos inexplicables, fronteras inauditas, zonas diseñadas por urbanistas del todo majaras, tramos que precisan de conductores iluminados por la gracia de San Cristóbal o de quienes sea el santo de guardia: no entiendo cómo las cosas pueden hacerse tan mal y con tanta saña. Un amigo mío se ha roto ya dos veces la pierna, además siempre la misma, por culpa de uno de esos obstáculos homicidas, y les aseguro que no tiene ninguna culpa física o mental de tales percances traumáticos. No saben ustedes lo que envidio a los ciegos del cupón, que han desarrollado un instinto de supervivencia en la jungla urbana absolutamente admirable que les permite intuir en todo momento si van a pisar una bosta de boñiga, una piedra oficial bendecida por las autoridades, un trozo de alquitrán mal puesto o una de esas píldoras asesinas que suben y bajan en el asfalto con grave riesgo de pérdida de la piñada si uno va a su aire pensando en Babia. Porque pensar en Babia debería ser un derecho constitucional y no una extravagancia de chiflado.
Conozco zonas de la ciudad por las que transito habitualmente que precisan de explorador para no resultar mortales. Obras interminables desatendidas durante días de las que pueden desprenderse cascotes, pistas de patinaje por supuesto acuático si a los cielos les da por llover, múltiples objetos urbanos que, insisto, sólo sirven par encolerizar al viandante y que se colocan de forma sádica cada tres metros, semáforos inverosímiles que cambian de luz antes de que a usted le dé tiempo a controlar su artritis y emprender el camino de nuevo con el resuello en estado de coma. Y luego llega el baranda de turno para venderle la moto de que todo eso es para su bien, como les decían a los críos sus papás con la cuchara criminal de aceite de ricino.
La ciudad es una jungla de asfalto, y ésta mucho menos que otras, pero no sería mala idea hacernos más fáciles las cosas para no tener que salir de casa cada mañana mirando a derecha e izquierda para prevenir el golpe. Y estoy hablando de la misma calle Dato, trampa mortal para cándidos, que al mediodía se convierte en un aparcamiento eventual lleno de obstáculos para el peatón y territorio comanche para repartidores de toda índole y condición. O se regula el paisaje o nos proveemos de alas de ángel para sobrellevar el tramo. No se culpe a nadie; sólo a los gestores de la cosa pública que primero deciden y después lo piensan, operación que contradice todas las normas de la lógica elemental. Vaya usted con mucho cuidado por ahí: es improbable que le maten, pero nada improbable que se lleve un buen susto si comerlo ni beberlo. O habiendo comido y habiendo bebido, que tanto da. Ruego a los dioses, a los dioses en los que no creo, que les sean propicios, sobre todo a partir de las diez de la mañana.