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Lunes, 27 de febrero de 2006
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ÁLAVA
Una cámara muy inquieta
El fotógrafo David Quintas funde viajes e imágenes para retratar la naturaleza desde Salburua o el Sáhara hasta el mar Rojo
DAVID Quintas es retratado con una de sus cámaras. / IGOR AIZPURU
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EL PERSONAJE

EL PERSONAJE
Lugar de nacimiento: Zamora.

Residencia: en Vitoria, «desde siempre».

Edad: 32 años.

Profesión: fotógrafo.

Especialidades: naturaleza, siglo XIX y arquitectura.

Viajes: al Sáhara, Chile, Brasil, Marruecos, Australia y mar Rojo.

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David Quintas es fotógrafo por la fuerza de los genes, como tres de sus cuatro hermanos. Su padre, Ángel, fue el pionero de la saga y dejó a los vástagos un buen archivo de imágenes en herencia de la memoria. El patriarca murió cuando David tenía cinco años y los recuerdos los ha transmitido la madre, «que es muy integradora y sensible».

Para cuando se quiso dar cuenta, el protagonista de esta historia vivía pegado a la cámara, como si ésta fuese un apéndice más de su cuerpo. «Con diecisiete años ya trabajaba sacando fotos para una inmobiliaria». Era poco antes de comenzar a viajar para fundir sus dos pasiones: fotografía y naturaleza. Aprendido el oficio por la vía hereditaria, logró el título de forestal.

«Soy muy autodidacta, pero también he hecho cursos de especialización en Rochester sobre fotografía histórica porque me apasiona el siglo XIX». David, que se confiesa tímido salvo cuando conecta con la gente, es una turbina de palabras. Gesticula y habla deprisa hasta el punto de que empapan su entusiasmo y vitalidad. Es como si no tuviera tiempo de transmitir tantas cosas que le apasionan para secuestrarlas en imágenes.

«Si algo me gusta de mí es que soy muy transversal, muy permeable». Por eso no ha querido ceñirse sólo a fotografiar la naturaleza, aunque buena parte de su fama se deba a los trabajos publicados sobre el anillo verde de Vitoria, por ejemplo para el Centro de Estudios Ambientales. Algo así como el colmo de su dicha, conjugar parques y fotos sin abandonar los lindes de la ciudad.

Obsesión por el agua

Ha retratado los humedales y la fauna de Salburua y siente «una obsesión» por el agua. «Publiqué un libro para Amvisa y también por esa pasión me hice buceador». Se sumergió en Australia y de noche, aunque aparta cualquier atisbo que le identifique con un osado. «Mi mayor virtud es haberme rodeado de gente muy interesante y la familia que tengo es una suerte». Con sus hermanos y otros compañeros regenta una tienda que trabaja para instituciones, empresas, reproducción de arte, archivos históricos y fotografía editorial.

Los retos profesionales se le agolpan. En marzo viajará a Nueva York, un mes después sobrevolará el Sáhara en globo, tercer desplazamiento a un paisaje que le subyuga. «Me fascinan el agua y la falta de ella». Quizá por eso será su tercera cita con el desierto tras haberlo visitado hace diez años en bici y recientemente, sobre una moto, con el París-Dakar. Pero como es incapaz de centrarse en una sola faceta, ya advierte de que este ejercicio es «el del pantano». ¿Y en mayo? El turno de México, donde quiere retratar el mundo de la paquetería aérea. Su imaginación no conoce límites.

«Me considero un aventurero en el sentido de ser curioso, pero no como valiente. Sin mis amigos quizá no haría nada. No soy el primero que se tira al agua o se mete en la cueva para hacer espeleología, pero si otros van delante, les sigo». David ha rulado por Chile, Brasil -«el mundo real de sopetón»-, Marruecos, el Sáhara, Australia o el mar Rojo, donde fotografió los fondos acuáticos.

Un hombre del XIX

La centrifugadora sigue. Ahora para volver a un programa anterior, el de la historia. Tal vez por su vena romántica confía en que «el siglo XXI se parezca más al XIX porque el XX no ha sido nada interesante, nos ha transmitido mucho odio y demasiada presión». Después para acometer otra labor que le entusiasma, la extensión de Vitoria con sus nuevos apéndices por Salburua y Zabalgana.

«Últimamente estoy 'flipado' con la arquitectura. Como fotógrafo es alucinante ver que lo que antes era un solar, donde no había nada, se transforma en un sitio poblado con esos edificios donde va a vivir gente». Lo dice con el mismo entusiasmo que aplica a todo su discurso. Y pese a habar abarcado tanto, aún le queda una asignatura pendiente: el retrato humano.



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