«Está aporreando la puerta y tengo miedo». Es la llamada desesperada de una madre que alertaba el pasado jueves a la Policía Municipal de Vitoria de que su hijo había vuelto. Estaba «borracho» y le insultaba desde la escalera. En esa vivienda de Zaramaga están acostumbrados a que los objetos vuelen por los aires cuando el joven se enfada. La mujer temía volver a ser agredida, pero imploraba que ningún agente le detuviera aún. «Si vuelvo a llamar, tendréis que venir», decía temerosa. No volvió a hacerlo. Pese a todo, agentes de paisano vigilaron la zona para evitar una posible desgracia. Todo se quedó en «un susto» más.
Éste es sólo un caso más de un fenómeno en alza en la capital alavesa. La Policía Local recibió el último año 17 denuncias por agresiones físicas o psíquicas de hijos a padres. La cifra supone casi el triple de 2004, cuando se registraron seis atestados. La situación, reconocen los portavoces de la Guardia Urbana, «empieza a ser preocupante». Es más, ya empiezan a surgir los primeros movimientos de reacción. Un grupo de afectados alaveses mantiene contactos con una asociación de enfermos mentales vizcaína para crear un colectivo vasco de padres que sufren estas agresiones, según ha podido saber EL CORREO.
Los hijos maltratadores suelen ser personas desafiantes que insultan, amenazan o golpean a sus familiares sin miramientos, convirtiéndose en una especie de 'dictadores' domésticos.
Cuando un padre o una madre levanta el teléfono o acude a las oficinas policiales de Aguirrelanda es porque ya ha llegado «a una situación límite», subraya José Antonio Ferreiro, oficial de gestión de la Policía Municipal. «Por fortuna cada vez más gente se atreve a llamarnos, pero dar el paso es algo muy duro. Los padres se echan la culpa de lo que viven», agrega.
Futuros agresores
Vicente Garrido es uno de los principales estudiosos de este fenómeno en España. El experto valenciano es el autor del libro 'Los hijos tiranos: El síndrome del emperador' y por su consulta han pasado cientos de progenitores alarmados. El psicólogo y criminólogo asegura que los abusos «no son culpa de los padres». La causa, añade, es doble. Por un lado, que los jóvenes tienen «una mayor dificultad en desarrollar emociones morales y una conciencia». Por otro, agrega, «la familia y la escuela han perdido la capacidad de educación, y esto favorece que los chicos con esa predisposición que antes eran contenidos por la sociedad ahora tengan más facilidad para exhibir la violencia».
El resultado es que estos hijos padecen «un egocentrismo que les induce a justificar cualquiera de sus pretensiones». En el futuro, estas personas se pueden convertir «en maltratadores de mujeres, acosadores en el trabajo o parásitos sociales», advierte.