Estábamos en los casos atroces de violencia doméstica cuyas víctimas son mujeres apaleadas a veces hasta la muerte por sus compañeros, y ahora estamos con episodios cada vez más inquietantes de hijos que golpean a sus padres cuando regresan a casa con una borrachera épica o simplemente cuando se les cruza el cable. Cualquiera que no se preocupe de lo que está pasando, o es un indiferente moral o no se entera de nada.
Empleo la expresión «indiferente moral» porque la mayor parte de los casos revelan eso que se llama psicopatía, es decir, carencia de referentes éticos o morales, frialdad absoluta ante lo que los agresores están haciendo, lejanía emocional. Estamos ante casos de idiotez moral, en suma, esa carencia psicológica que puede convertir a un niño o a un adolescente en un monstruo sin reparación posible.
El debate está en si se considera a estas personas como enfermos mentales o no. Una mayoría de psiquiatras no los consideran como tales ni como todo lo contrario, y así han creado una parafernalia indescifrable que está haciendo muy poco por resolver el problema. Lo que habría que pedir a los doctores es que intenten aclarar sus conceptos antes de que padres y madres se desesperen irremediablemente y sucedan más catástrofes también sin remedio. Pónganse a la obra sin más dilación.
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