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Miércoles, 1 de marzo de 2006
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CULTURA
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OPINION/Optimismo
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La verdad es que lo de menos es si el blues de Gurruchaga se parece al de Moody Waters o si su calypso o su ritmo tropical mezclado con un batiburrillo de jazz y rock se asemejan en calidad a cualquiera de las mejores fusiones de la historia de la música. Y es que lo importante de ese invento histriónico y polifacético que lleva el doble nombre de Gurruchaga-Mondragón es y ha sido su permanente optimismo reflejado en una música cosmopolita. Un optimismo más propio de los primeros años 80, cuya mayoría de edad tres décadas después se ha ido asentando en una corrosiva mezcla burlesca y caricaturesca, donde hay un poco de cabaret, otro de teatro y algo más de jam session con ironía.

En esta cobertura musical de una banda con múltiples raíces e inspiraciones cosmopolitas, lo fundamental ha sido tanto la afición del propio Gurruchaga por los viejos estilos y los grandes dioses del rock, como la calidad interpretativa de algunos de sus compañeros antiguos o modernos como Stinus o Michelle McCain.

Obviamente, el tiempo, la propia demanda y las otras actividades de Gurruchaga han difuminado parcialmente el recuerdo musical de una Orquesta Mondragón que tiene un papel destacado en la sociología cultural de la contemporaneidad española. Eso sí, pase lo que pase será difícil olvidar ese optimismo freso y burlón que es necesario y obligado tanto antes como ahora.



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