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Miércoles, 1 de marzo de 2006
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Paso de cuando en cuando por un subterráneo madrileño donde duermen por la noche y por el día una legión de sin techo. Una hilera de mugrientos colchones y la habitual impedimenta de los 'homeless'. Hay uno entre ellos de muy desaliñado aspecto que siempre está leyendo un libro, bien acomodado en su cama a ras de un suelo de orines y miasmas repugnantes. Pasa las hojas embebido en la lectura ajeno al estruendo de coches que rugen en un laberinto de sótanos irrespirables. El mendigo lee, devora capítulos en una niebla pestilente de combustión de motores, vino de cartón, desinfectante y multiétnicos guisos en camping gas. Lee el hombre sin techo a la luz mortecina del alumbrado del pasadizo, absorto e indiferente a las delirantes discusiones de sus colegas borrachos, al parloteo desincronizado en un transistor de desecho, a las conversaciones de los viandantes que aceleran el paso al atravesar el túnel.

Me acuerdo de este lector sin hogar disfrutando de una novela en un infierno de fetidez y cochambre mientras leo las condiciones requeridas para entrar en algunas bibliotecas de Estados Unidos. La limpieza es ley en la entrada. Se prohíbe oler para entrar a leer. Olor corporal o a colonia. A sudor o a Chanel pues el perfume podría emboscar la peste a mugre y sudorina. Está prohibido dormir, asearse en los lavabos, quitarse los zapatos, las broncas, hacer el amor, y una docena de actividades más. Se restringe la admisión a lectores limpios, pulcros y aseados. Las autoridades bibliotecarias buscan crear un ambiente respetuoso en el sancta sanctorum de los libros pero he aquí que el sector de los sin abrigo denuncia que la política de la 'ducha obligatoria' les discrimina. Hay desheredados de la fortuna y del jabón en el centro de las ciudades que pasan una gran parte del tiempo en la biblioteca leyendo o en el ordenador y se quejan de que los baños públicos siempre están atascados. Carecen de infraestructuras de higiene que les impide el derecho a leer, sobre todo a ellos, los miserables, que inspiraron tantas páginas inmortales que reposan en los estantes del recinto a donde les está vetado acceder. Muy mal pago.



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