No es fácil explicar a quien no le gusta el fútbol por qué los aficionados se someten los fines de semana, voluntariamente, a un torbellino de emociones, imprevisibles y contradictorias, que recuerdan a la ducha escocesa. Agua fría, agua caliente. Veamos. El sábado, agua tibia. Perdió el Málaga y se llevó cinco goles, lo que le empuja al fondo de la tabla. No tenemos nada contra el Málaga, pero es imprescindible dejar rezagados a tres equipos cualesquiera. Es así, no hay piedad. Bajan tres. Luego ganó el Barça. Nos viene bien que llegue como campeón al último partido, en San Mamés, y sería en cambio terrorífico que viniera necesitado de puntos para serlo. También es beneficioso para el fútbol que ganen los campeonatos quienes juegan mejor, porque marcan tendencia. Agua fría por los insensatos que estuvieron a punto de conseguir que un futbolista se fuera por primera vez de un estadio. Sea por racismo o por idiotez moral, esto hay que cortarlo de raíz con la aplicación inflexible de la ley, promulgando nueva legislación si fuera necesaria. Hay precedentes en otros países. Sería bueno también que reflexionaran quienes no dan importancia a esos gritos repugnantes, argumentando que son tan «naturales» como los tradicionales insultos a los árbitros. No es lo mismo. Echen un vistazo a cualquier tratado elemental de Ética o Historia.
Es difícil de explicar, a quienes no les gusta el fútbol, que no es exactamente una diversión. Más aún: ir al fútbol a divertirse, cuando el equipo se juega algo importante, nos parece poco menos que una frivolidad. Sólo cuando vemos partidos de otros equipos estamos relajados, pero, por espectaculares que sean, los contemplamos con demasiada distancia para que nos conmuevan. Puro esteticismo. El arte por el arte. Sólo disfrutamos de verdad en las pocas ocasiones en que nuestro equipo lleva una ventaja inalcanzable. E incluso entonces, nos parece tan fuera de lo normal, que en lugar de felices nos sentimos extraños. El domingo sufrimos en el primer tiempo, mientras Forlán perdonaba ocasiones de gol que no fallaba el año pasado. Los marcadores señalaban resultados preocupantes, como las victorias del Español y el Betis, dos competidores directos. Sin embargo, cerca ya del descanso, llegó el gol de Aduriz. Agua caliente a la temperatura exacta. Pasaron dos minutos, sólo dos minutos de felicidad en todo el partido, y Forlán esta vez no falló. Un chorro de agua helada.
En la segunda parte va perdiendo el Cádiz, y empata en casa el Alavés. A lo mejor nuestro empate no es tan malo. Si no puede ganarse un partido, al menos no hay que perderlo. Y entonces se cumple el sueño futbolístico por excelencia: penalti a favor en el último minuto. Un libro de Peter Handke se titula 'El miedo del portero ante el penalti'. Los jugadores se miran, nosotros nos miramos. El único sereno es precisamente el portero. Lo para. Caen de la ducha carámbanos de hielo. El sueño, una vez más, pesadilla. La clasificación está muy ajustada, pero tenemos tres equipos por detrás. Obtuvimos sólo un punto, pero un punto contra una buena selección del Río de la Plata. Calma. Agua templada.