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Jueves, 2 de marzo de 2006
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Hay veces, demasiadas veces quizá, en las que una obra pública multiuso de características espectaculares le crea al ciudadano una especie de perplejidad inocente, porque no sabe si lo que se proyecta es una buena idea o un despropósito. La obra prevista en el Campillo, por ejemplo, que se va a llevar por delante el malhadado gaztetxe, va a socavar el suelo para construir un complejo redundantemente complicado en el que por lo menos coexistirán un museo dedicado a Alberto Shommer, una instalación comercial inevitable, un no menos inevitable aparcamiento y otras muestras de talento arquitectónico.

De modo que el paisaje del Campillo va a cambiar para estupefacción de los viandantes, y aún no sabemos si será para bien o para mal. Este recelo estético no procede de ningún prejuicio adquirido, o sí, sino de la convicción de que de lo soñado puede surgir una maravilla o un bodrio. A otros ejemplos podría remitirme pero no lo voy a hacer para no aguar la fiesta a los adalides del proyecto. A veces erramos si nos ponemos optimistas y a veces erramos también si ejercemos el pesimismo contumaz. Lo que sea, será, si se me permite la tonta obviedad.

Lo que sí debemos exigir es que los grupos políticos se pongan por una vez de acuerdo en esto, batalla perdida donde las haya. Sobretodo en lo que se refiere al dichoso gaztetxe, protagonista de mil pendencias políticas y sociales de difícil comprensión. Si se me permite decirlo sin que nadie me llame nada malo. Ojalá todo salga bien,sea lo que sea. El caso es que la zona me gusta y no toleraría que hicieran un estropicio con ella. Para estropicios ya hemos tenido bastantes y tendremos más, lo asegura un optimista bien informado.



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