Un niño pierde el contacto con la realidad. Simplemente se desenchufa, se evade. Oye voces y ruidos inexistentes; recibe órdenes e insultos; conversa con interlocutores imaginarios y manifiesta sus opiniones con un lenguaje incoherente y extraño. Está desubicado, confuso, pero no esquizofrénico. Lo que puede ocurrirle es que haya caído en las garras de la «psicosis de inicio temprano», una enfermedad que afecta a un 1,5% de los adolescentes españoles y que acostumbra a manifestarse a partir de los 13 años.