Desde que ETA dio a conocer su último comunicado el pasado 18 de febrero se han incrementado los actos de violencia en Euskadi. Ha aumentado la frecuencia de colocación de bombas, con los casos notables de Mungia y Mutriku, y se han intensificado curiosamente las acciones de la mal llamada 'kale borroka' contra sedes de partidos políticos y sindicatos. Particularmente llamativo resulta el ataque a la sede de UGT de Alsasua, después de la aceptación que tuvo en el seno de la propia izquierda abertzale el encuentro entre Rafa Díez (LAB) y Dámaso Alonso (UGT).
No deja de ser extraño que mientras ETA dice que mantiene su 'tregua' respecto de los representantes políticos, por otra parte se reactive la violencia contra las sedes sociales y los locales de esas formaciones. Quienes ansiamos la paz y queremos que la sociedad vasca encuentre los cauces adecuados para la normalización política, vemos con preocupación estos últimos acontecimientos, pues cualquiera de ellos puede dar al traste con cualquier posibilidad de inicio y consolidación de un final dialogado de la violencia.
En contra del optimismo desplegado hasta ahora por Arnaldo Otegi y Rafa Díez Usabiaga, las bombas puestas por ETA y el incremento de los ataques a las sedes de las formaciones políticas con las que Batasuna quiere dialogar y negociar, representan curiosamente el reflotamiento del escenario de crisis que quería evitar y superar esta formación en su propuesta de Anoeta. Se decía en aquel documento que «es responsabilidad política de la izquierda abertzale, aquí y ahora, sacar el conflicto de las calles y llevarlo a la mesa de negociación y diálogo». Somos muchos quienes echamos en falta, desde hace muchos años, el ejercicio de esa responsabilidad política, primero, consigo misma y, segundo, con todo ese mundo que directa e indirectamente está representado por ETA. Precisamente, para proteger y blindar los posibles escenarios de diálogo que se hayan podido establecer, ahora es el momento de ejercer el liderazgo político, de utilizar la autoridad y la legitimidad que tienen, para levantar la voz y manifestar que los ataques a las sedes son en sí mismos inadmisibles y que, además, constituyen un obstáculo objetivo para la pacificación y, también, para cualquier intento de normalización de relaciones.
Es la hora de alzar la voz y decir, con independencia de lo que se diga en los comunicados, que las bombas explosionadas son un impedimento para el proceso de pacificación. Que, además, ese juego de bombas, colocadas 'sin intención de matar', es un juego peligrosísimo, pues el día que se cruce el límite y se produzca alguna muerte, se habrán cerrado para bastante tiempo las puertas a cualquier final dialogado. Es la hora de proclamar y recordar que todos los ciudadanos de Euskal Herria, también los que votan izquierda abertzale, de manera abrumadora quieren que las armas callen para dar paso a un proceso que conduzca a la paz y a la normalización política. Si esa desgracia se produce no sólo se habrá abierto nuevamente un abismo entre ETA y los vascos, sino que, además, con su inercia militarista habrá posibilitado la derrota electoral de Zapatero y el acceso al poder de Rajoy. ¿Todo un currículo!
x.gurrutxaga@diario-elcorreo.com