Un 3 de marzo de 2001 escribíamos un artículo en este mismo periódico sobre los sucesos acaecidos veinticinco años antes en la Vitoria de la Transición que titulamos 'Crónica de una injusticia'. Cinco años después de esta fecha y treinta más tarde de los trágicos acontecimientos, nos sentimos obligados a recordar este hecho trascendental de la historia reciente de España y de la evolución de la misma tras la muerte de Franco y su régimen. Y decimos trascendental porque la historia del movimiento obrero y la de la propia transición tiene en los sucesos de Vitoria la bisagra de su desarrollo posterior. Las numerosas y continuas huelgas obreras que presionaban a los gobiernos de Arias Navarro, desde Asturias al País Vasco, pasando por Madrid y Cataluña, tuvieron en la capital alavesa el punto de inflexión que minó inevitablemente los cimientos del régimen que los herederos del franquismo deseaban apuntalar. La tensión a que estaba sometido el Ejecutivo de Arias Navarro propició, en cierta medida, los acontecimientos de Vitoria y la ebullición social de la España del momento.
El año 1976 se inició en la ciudad con huelgas obreras en varias empresas importantes de la misma (Forjas Alavesas, Apellániz). Los estandartes de las huelgas fueron, en un primer momento, un incremento salarial lineal de seis mil pesetas, la readmisión de los despedidos y la liberación de los detenidos y, más tarde, el mantenimiento de los puestos de trabajo, un mayor aperturismo del régimen, más libertad y consolidación democrática. De unas reivindicaciones laborales se pasó a un enfrentamiento político con el Gabinete de Arias Navarro. Después de casi tres meses, las citadas reivindicaciones obreras y su rechazo a la mediación sindical, la intransigencia de los empresarios y la inhibición del Gobierno llevó la situación a un peligroso callejón sin salida que culminó con el violento desalojo policial de los huelguistas reunidos en asamblea en la iglesia de San Francisco de Asís y con la muerte de cinco trabajadores que aún hoy esperan el reconocimiento como 'víctimas del terrorismo de Estado' que se merecen.
La trágica situación podría haber empeorado sin la presencia de un Adolfo Suárez (provisionalmente ministro de la Gobernación al encontrarse Fraga en Alemania) que actuó como muro de contención de los deseos de Arias Navarro de declarar el estado de excepción y favorecer la intervención del Ejército, lo que sin duda alguna habría incrementado el número de víctimas. Los sucesos de Vitoria generaron manifestaciones de solidaridad en Tarragona y Basauri donde murieron otros dos trabajadores. Poco más tarde se promovió una huelga general en el País Vasco, organizada por un variado elenco de fuerzas políticas locales, para protestar por los asesinatos de Vitoria. La situación en el País Vasco se hizo incontrolable, incluso para los que deseaban una acción democrática nacional, muchos de los cuales no aprobaban acontecimientos como éstos al no poder controlarlos.
Miles de balas, cinco obreros muertos y decenas de heridos. Francisco Aznar, Romualdo Barroso, Jose Luis Castillo, Pedro María Martínez Ocio y Bienvenido Perea fueron trágicos protagonistas de los coletazos represores de una dictadura que se resistía a desaparecer, a pesar de que desde dentro de la misma algunos políticos, como el mismo ministro de la Gobernación -entonces, Manuel Fraga Iribarne-, se identificaran con la supuesta renovación de la misma. Fraga Iribarne y Arias Navarro que, como máximos representantes del Gobierno de entonces, debieron asumir su responsabilidad, política y penal, en el desarrollo de los lamentables sucesos que conmocionaron la ciudad y todo el país. El análisis de la historia reciente del mismo deja bien clara la influencia que tuvieron los acontecimientos de Vitoria en la conquista de las libertades democráticas en España, a pesar del tácito pacto de silencio de la Transición mediante el cual, y como efecto colateral, pasaron al olvido muchos de los que lucharon por la libertad que disfrutamos y todos los que murieron por esta causa. Los responsables de aquellos actos no han respondido aún de ellos y mucho nos tememos que nunca lo harán. Los muertos, los sacrificados, los asesinados siguen esperando una reparación, un reconocimiento, una justicia, una verdad que no llega. La sociedad española actual debe conocer lo ocurrido, comprender la lección de aquellos hechos, recuperar al completo la memoria histórica.
La España democrática y su ciudadanía tienen que aceptar y asumir, si abogan por una política de la historia, la carga de todo el pasado republicano, dictatorial y democrático del siglo XX y no pueden hacer distinciones con los sucesos acaecidos en cada uno de ellos. Todos son su historia. Todos son importantes. Todos son igual de trágicos o cómicos. Todos son igual de veraces. Todos deben ser cuestionados y juzgados. Todos son la verdad. Verdad que desempeña un servicio público de primera magnitud y hace decente a quien la honra y al país que la ampara. Somos seres históricos, somos producto de una cultura y, a la postre, nuestras conclusiones no son sino nuestras conclusiones. Aunque como seres humanos propendemos al egoísmo y a la estupidez, a engañarnos a nosotros mismos, no debemos olvidar que al defender la idea de que la libertad y la justicia importan, defendemos nuestra humanidad.
De ahí la necesidad de este artículo recordando lo que ya sabemos. De ahí la reivindicación que el mismo transmite. De ahí que acompañemos a Lluís Llach esta tarde cuando interprete el poema musical 'Campanades a morts', que comenzó a componer la noche de los acontecimientos que recordamos, después de conocer la muerte de los cinco protagonistas de la indecencia, la crueldad y la cobardía que caracterizaron un 3 de marzo de 1976.