Vitoria-Gasteiz, 3 de marzo. treinta años después. Yo estaba allí. Lo digo con pudor. Estaba dentro de la iglesia de San Francisco de Asís. No era obrero. Era estudiante. Iba a la asamblea por solidaridad. Nos habíamos concienciado y aquello era un deber. Me costaba ir a manifestaciones. No lo decía, pero es la verdad. No iban con mi carácter. Éramos estudiantes. Acudíamos por solidaridad. Ese día sabíamos del peligro. Ése, el anterior y el siguiente. Peligro había siempre y cada día crecía la tensión, y, por ende, el peligro. ¿Percibíamos que el peligro era extremo? Yo, no. Éramos demasiado jóvenes y novatos. Percibíamos que el peligro era muy grande. Percibíamos el final de la dictadura, y las dictaduras ya se sabe que, si pueden, mueren matando. Yo vivía en un Seminario y los responsables no nos comprendían. Creo que veían la justicia de la causa, pero no la estimaban nuestra. Algunos creían que nos divertía ir a la asamblea o a la manifestación. Vaya, algo así como ir de feria. ¿Qué tontería! Pasábamos más miedo que otra cosa. Yo, desde luego, pasaba mucho miedo. Durante la asamblea, la adrenalina se me disparaba, y no por los discursos, sino por el murmullo continuo de 'qué vienen, qué vienen', para hablar de la Policía. Por fin, pasaba la hora, y no venían. El paso siguiente era correr cuando se pusieran a dispersar la manifestación. Esto era más llevadero. Cuando eres joven, y con la calle por delante, se puede correr pronto y mucho. Es cuestión de no equivocarse en la dirección de la huida. Cogimos cierta práctica, la verdad. Ese día yo estaba allí. Dentro de la Iglesia de San Francisco. Por la tarde, no por la noche como otras veces. Con más peligro, lo sabía. Sabíamos por la radio que la Policía acechaba. Me puse atrás, cerca de una de las puertas. Lo hacía siempre. Lo hacía premeditadamente. No sé cómo salí. Sé por dónde y cómo corrí entre el gentío. No sé si disparaban. No oía nada. Corrí cuando la gente echó a correr. Por instinto, sin cautela ni plan. Corrí hasta la calle Reyes Católicos, frente al viejo matadero, y allí, junto a un portal, sentía y oía, más que veía. La gente se asomaba a las ventanas y nos contaba lo que pasaba; nos invitaba a subir a sus pisos para escondernos. Llegaba el ruido de los disparos, quizá balas, quizá botes de humo, o los dos, no lo sabíamos; llegaba el griterío y la confusión más absoluta. Suponíamos y, poco a poco, supimos que había muchos heridos y algunos muertos. Entonces, no piensas 'yo podía ser uno de ellos'. Piensas en que no hay derecho y en que han pasado por encima de todos, una vez más, como sobre unas hormigas. Piensas que lo que ha sucedido es increíble, que no es real, pero lo es. Al día siguiente, cosas del destino, vi la bolsa con las balas recogidas dentro de la iglesia. Las echaron encima de una mesa y las vi como mis propios ojos. Han pasado 30 años. ¿Cómo voy a decir que todo sigue igual? Por favor, esto es mucho mejor. Y muy mejorable, cierto. Pero mucho mejor. Eso sí, aquellas víctimas, y sus familias, merecen justicia todavía. Tienen todo mi apoyo. Se les debe justicia. Lo exigimos.