En la región sudanesa de Darfur, los pueblos quemados y el desplazamiento masivo han sido sustituidos por la vejación sistemática a mujeres y niñas. «La violencia sexual siempre ha existido en la guerra, pero las consecuencias que vemos son de una magnitud que asombra», confiesa Aitor Zabalgogeaskoa. Tan sólo entre enero y del pasado año, Médicos Sin Fronteras atendió a 278 refugiadas que se desplazaron fuera de los campos de acogida en busca de agua y comida, y de junio del 2003 a mayo de 2005, 2.500 personas víctimas de violación recibieron asistencia en el hospital congoleño de Bunia. Según los médicos del centro, el 77% de las atendidas habían sido atacadas por dos o más agresores y las agredidas contaban desde cuatro meses a ochenta años.
A juicio del cooperante, esta estrategia supone una efectiva manera de llevar a cabo una guerra de baja intensidad, de sostener el miedo de las poblaciones y mantenerlas sometidas. El terror psicológico se asocia al riesgo de propagación de infecciones y la discriminación ancestral hacia las propias afectadas, objeto de repudio y aislamiento. Médicos Sin Fronteras reconoce las limitaciones para proporcionar una ayuda integral y también el dilema que se produce cuando se reclama atención para este tipo de demandas y existen otros imperativos sanitarios, especialmente en el caso de las emergencias.