A Heriberto González, un mecánico jubilado de 78 años, le dijeron hace dos que las pérdidas de memoria de su esposa podrían deberse al Alzheimer. Desde entonces no se separa de Ana María, de 73. Soporta el lento declive de su mujer con «resignación y paciencia», y asegura que «si algún día ingresa en una residencia, yo me voy con ella».
-¿Cuándo notó que su esposa estaba enferma?
-Se le empezaron a olvidar las cosas. Fui al médico y estuvimos un año con análisis hasta que me encaré con el doctor y le dije que Ana María ya no podía ni mantener una conversación.
-¿Fue duro asumir que tenía Alzheimer?
-Curiosamente, fue ella misma la que le preguntó al doctor si tenía Alzheimer. Y claro, el doctor le dijo que no. Pero luego me lo confirmó a mí en privado.
-¿En qué fase de la enfermedad se encuentra?
-No puede llevar una conversación porque confunde las palabras. Siempre ha sido muy activa, pero llega la hora de cenar y se le olvida preparar la comida. Y se está poniendo un poco torpe. El otro día se me cayó por las escaleras.
«Paciencia y resignación»
-¿Recibe ayuda de otros familiares para cuidarla?
-Nuestros hijos nos quieren mucho, pero vienen a visitarla una vez por semana. No son mucha ayuda, pero yo tampoco la pido.
-¿Ana María requiere mucha atención?
-Siempre tienes que estar pendiente. Hace falta paciencia y resignación, porque a veces le cambia el carácter y te da un buen disgusto por menos que nada.
-¿Le ha cambiado la forma de ser?
-A veces se levanta por la mañana muy cariñosa. Y a mediodía, de repente, se pone soberbia. Habrá pocos matrimonios que hayan tenido menos riñas que nosotros. Ahora sí las tenemos.
-¿Ella recuerda aún que usted es su marido?
-Sí, pero se le olvida el nombre de nuestros hijos y nietos. Para que se acuerde de cómo se llama nuestro bisnieto Unai, yo le pido que diga 'una I'.
-Ha de ser doloroso.
-Sí, pero es mi mujer y me casé con ella para toda la vida. Si algún día ingresa en una residencia, yo me voy con ella.