A Mikel Delika le bastaría escribir en su tarjeta de presentación 'restaurador oficial de los faroles' para justificar la buena fama de vidriero que gasta. No en vano, la cofradía de la Virgen Blanca le confió en 1999 el mimo de estas joyas centenarias que se pasean orgullosas cada 4 de agosto. Mikel trabajó sólo un año de mozo en Explosivos Alaveses, el tiempo suficiente para darse cuenta de que «la fábrica no era lo mío». Los turnos desordenan la vida y quería algo que se ajustara a su tranquila forma de ser.
Había estudiado Maestría Industrial en Jesús Obrero y sus inquietudes artísticas se plasmaron en unas clases de dibujo al amparo de Gonzalo Bilbao. «Me di cuenta de que tenía que especializarme y tratar de ser bueno en lo que hiciera». Con 22 años ingresó en una industria del cristal y el vidrio se cruzó para acompañarle ya siempre en su camino. Como su mujer inglesa de madre vitoriana, cuyos orígenes acabarían por influir en la actividad que desarrolla.
«Me casé y cada vez que íbamos a Inglaterra me daba cuenta de la gran tradición de vidrieras que había allí. Es raro un chalé adosado que no lleve alguna. Me empezó a gustar el tema y, claro, en el taller industrial no se pueden hacer estas cosas porque requieren su tiempo». Ya sólo le faltaba un empujoncito, el que le proporcionó el vidriero irlandés Peter Young, recién salido de un desengaño amoroso.
En 1992 Mikel abrió su actual establecimiento, en la calle Txikita, a unos metros de la belleza que desprende la plaza de La Brullería. «Yo soy autodidacta, diseño según mi imaginación. Pero me ayudó Peter, con el que había contactado mi suegro en Inglaterra. Vino un par de semanas aquí y estuvimos en mi taller».
Nada más entrar en Vitrales Delika la vista topa con dos faroles de la procesión dispuestos para que Mikel arregle los trozos rotos. Además, destacan una biblioteca vasta sobre vidriería artística y once diplomas que muestran su inquietud por formarse cada vez más. «He hecho cursos en Barcelona sobre restauración, en la Granja de San Ildefonso de pintura sobre vidrio y en Alemania para fundir. Allí o en Inglaterra este oficio tiene rango universitario. La gente estudia Bellas Artes y luego se especializa en vidriería».
Trabaja siempre por encargo, bien sea de particulares, instituciones -el techo de la sala de plenos en las Juntas Generales es suyo y prepara dos obras para el Palacio de la Provincia con diseños de José Luis Catón- o iglesias. Pero su mayor satisfacción se centra en la restauración de los faroles.
Como todos los penúltimos artesanos, Mikel se reconoce un romántico, «aunque hay que llegar a fin de mes». Lo dice como respuesta a quienes creen que su producción es cara. «Caro es que te cobren 80.000 pesetas en una cristalería por algo industrial que ha costado dos horas. Que yo pida 100.000 por algo que me ocupa un mes... Con las vidrieras de la Diputación, por ejemplo, llevo seis semanas».
Forofo albiazul
Él es el dueño absoluto de todo el proceso creativo, desde el boceto «que es como la partitura de los músicos» hasta la elección de la textura del cristal, la técnica, el corte y el montaje. Sobre la mesa del taller, cartabones, diseños, trozos para ensamblar y una radio que le acompaña.
Su oficio le distingue en un mundo de cadena industrial. Pero también se muestra poliédrico al margen de la profesión: trompetista en la retreta de San Prudencio, socio de Irrintzi y «forofo albiazul». Ni falta hace que lo diga. El 'Piterman kanpora' de la puerta abarca más que el horario de apertura, en la pared el banderín de la gloriosa final en Dortmund y sobre una mesa el trofeo «fuera de concurso» para un gladiador como 'El Pulpo'. «Martín Mauricio Astudillo, argentino de Mendoza, tu sacrificio, lucha y entrega son ejemplo en Mendizorroza». En rima consonante y con un par.