Contraer la gripe es uno de los episodios más patéticos de la vida de un ser humano. Ver a un aguerrido señor o a una valiente dama que saben luchar contra la adversidad cotidiana con uñas y dientes convertidos en guiñapos, tumbados en una cama, sorbiendo con penosa torpeza un caldo de gallina, tosiendo como los tísicos de Davos y padeciendo la siniestra conjura de los microbios que deambulan por su maltrecho organismo, no es muy agradable. Si a todo ello añadimos mareos, vómitos, cefaleas y ganas de acabar tus días por la vía rápida, tenemos un cabal cuadro clínico capaz de derruir la moral más heróica. Y me temo que estamos en la época propicia para padecer todo eso, pero agravado si los dioses lo permiten por la intervención de las aves de granja y de algunos familiares lejanos del tigre.
El caso es que lo que ha conseguido la famosa gripe aviar es crear un clima de desconfianza hacia los pollos y otras especies parecidas, que no se merecen. La venta de pollo en las tiendas ha descendido marcadamente. Miles de aves del Señor han sido recluidas en campos de concentración como si fueran prisioneros de Guantánamo y hasta el pajarito enjaulado de toda la vida es sometido a escrutinio permanente por si le da por contagiar su mal a algún miembro de la familia o, en el peor de los casos, a todos. Se prohíben las ferias en las que participen pájaros y hasta los patos que no llegaron a cisnes por algún despiste cromosomático han desaparecido de la circulación o están a punto de hacerlo. La granja de Orwell se está despoblando a marchas forzadas.
Ahora el lindo gatito no va a poder zamparse al inocente pájaro enjaulado porque se lo prohíben las normas sanitarias y, cualquier paciente de gripe agresiva va a culpar de su desgracia al jilguero cantor que tiene en el salón, con posibilidad de que en un arranque de ira vengadora le retuerza el pescuezo con los guantes puestos por si le salpica la sangre. Ahora comprendo en todo su sentido la actitud de los pájaros de la película de Hitchcock: hartos de ser confinados, sacrificados, maldecidos o destripados en un laboratorio, se constituyen en brigadas de asalto para emprender la guerra bacteriológica enviando como avanzadilla a sus comandos suicidas. No se fíe usted ni de la paloma de la paz: podría estar infectada del virus de la gripe aviar.
Todavía no se han colapsado los hospitales por otra causa que no sea el desorden burocrático, pero si las cosas siguen por el mal camino llegará el día. Lo que más lástima debería darnos es esa desconfianza de la que hablábamos antes. Y pensar que en otras épocas los menesterosos no tenían reparo en capturar distraídamente alguna paloma de la plaza pública para llevarla a la cazuela y comérsela sin más miramientos. Hoy en día eso no lo haría ni un hambriento terminal, porque si lo hiciera sabe que contraería la gripe y tras una breve o larga agonía acabaría homenajeado por sus deudos ante una tumba de Santa Isabel.
Aquí en Vitoria aún no se ha dado, que se sepa, ningún caso de gripe aviar, pero la relación entre el ser humano y las aves se ha enrarecido sobremanera. Hasta San Francisco de Asís se lo pensaría dos veces antes de erigirse en defensor de las hermanas aves o de los hermanos gatos, parientes pobres del tigre feroz.